Abril festivalero

Veo el Festival y pienso en que o esta ciudad es de los soñadores o no será

JESÚS NIETO JURADO

Y se han visto mis sierras blancas de un nevazo tardío y corajudo, contradiciendo al mes más cruel que el poeta dijo que era abril. Abril es la floración de los paraguas rotos, como escribió Chapu Apaolaza, en ecuestre, puede que a medio camino entre Cayo Vizcaíno y La Caleta. He visto las sierras blancas en búsqueda de la serotonina y del sol, y no sé por qué el horizonte límpido me invita a pensar mejor y a dejar a secar las angustias, que son como el salchichón fresco de Málaga, que sabe bien si se cura en secano. Ahora que los campos de Carratraca parecen Asturias de tan verdes, cuando ya andamos hacia Pentecostés y las ferias por la Baja Andalucía, la ciudad se entrega al cine en otra semana de pasión: Dios hecho metraje.

En el calendario adelantado por el Mundial de Isco y por la primera luna de primavera, la farándula promete tardes de amor y espetos por Pedregalejo, a la sombra de los cantares del Mele, míticos y algo monocordes, entre el poyete y la primera mesa. Pedregalejo es la continuación tácita de la alfombra roja, que nace en la estación de Atocha y se ensancha en el Cervantes con escotes y modelos que quizá sólo se paseen una vez en la vida.

Por allí se ha visto a Monica Bellucci una tarde en que yo no estuve, y por ahí confío en que el invierno se vaya ya por fin. Las sierras blancas, el famoseo en el Edén, la industria del celuloide al sol y la ciudad, en fin, que va siendo lo que queremos en el sagrado futuro de las cosas. Y claro que es hora de acordarnos de Garrido Moraga, del que nunca me cansaré de escribir que fue el mágico hacedor de culturas, el prohombre de plurales saberes que nos transformó el páramo ribereño en una Viena con más variedades de café: para muestra este Festival donde todas las clases sociales participan de una fiesta que empieza en el selfie y acaba en el fotograma. Que los artistas siempre son de dejarse besar, abrazar a su público y desterrar por siempre la distancia de los divos. De modo que cuando veo el Festival siempre pienso en que, o esta ciudad es de los soñadores, o no será.

Alguien saca una lata de cerveza en mi pequeño Guermantes de Pedregalejo, y viendo lo de Siria uno se siente culpable de esta relativa seguridad en otro rincón del mismo mar. Una cara vagamente conocida de una serie apura un Gin-Tonic en la promoción de no sé qué mediometraje que pasará con éxito de crítica y media vida gastada en la producción.

Es ahora, medianías de abril, el tiempo de nuestro tiempo. Que, parafraseando a Rafael Alberti, Málaga renació, «disculpadme, con el cine». Se viene a consagrar la primavera y todo indica que seguimos siendo los mismos, los de entonces. Ya ando yo en una tímida manga corta, con las últimas nieves y los últimos famosos que son solidarios con sí y con su tiempo: de la igualdad a unas pensiones dignas.

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