Diario Sur

LA TRIBUNA

La España inteligente

Las revoluciones tecnológicas han conformado, a menudo irreflexivamente, la forma en que vivimos. Las grandes aglomeraciones urbanas son consecuencia directa del desarrollo del ferrocarril y las grandes factorías, primero, y del automóvil, después. El progreso industrial ha provocado a menudo la proliferación de entornos hostiles a los que hemos tenido que adaptarnos para poder ser partícipes de la prosperidad económica. Contaminación, atascos, sobreproducción de bienes, procesos de gentrificación y suburbios en decadencia son algunas de las consecuencias de las grandes ciudades industriales florecidas hace ya dos siglos. En cierto modo, los ciudadanos nos hemos visto arrastrados a convivir con el paradigma de la industrialización y las sociedades de consumo para no quedarnos atrás.

Pero la nueva era disruptiva del Internet de las Cosas, el Big Data y la hiperconectividad permanente nos ofrece una alternativa para procurarnos un mundo cómplice con la sostenibilidad y la habitabilidad, combativo contra la pobreza, y que sitúe al ciudadano en el centro de las reflexiones sobre el desarrollo de la civilización contemporánea, ofreciendo un giro copernicano a la forma en que hemos definido la relación entre el individuo y su entorno.

Por un lado, podemos utilizar estas herramientas para mejorar la transitabilidad y eficacia de nuestras ciudades y territorios, conectando servicios y multiplicando su eficiencia. Y, por otro lado, de manera más profunda, tenemos la oportunidad de sustituir las distancias físicas en favor de las tecnológicas, liberar nuestro entorno de las cargas del hiperconsumismo y relacionarnos con él de forma sostenible. Esto es lo que se halla en el fondo del concepto de ciudades inteligentes -smart cities en su versión anglosajona-, que nos permite corregir mediante la innovación los defectos de nuestras grandes estructuras urbanas.

Pero para las características específicas de nuestro país tenemos que llevar a cabo una reflexión de mayor angular. Entorno al 80% de la población española vive ya en áreas urbanas. Nos plantea dos desafíos: el primero la necesidad de preparar las zonas de alta densidad para poder digerir los cambios demográficos. El segundo reto es la protección de los debilitados entornos rurales para que puedan sobrevivir ante los procesos de despoblación y envejecimiento. Por ello, cuando reflexionamos sobre la forma de abordar desde la &lsquointeligencia&rsquo tecnológica la nueva habitabilidad del siglo XXI, debemos buscar una solución holística y total.

En este marco, desde la Secretaría de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital nos hemos propuesto lanzar la Estrategia de Territorios Inteligentes para España. Es la continuación del Plan Nacional de Ciudades Inteligentes pero, como decíamos, ensanchando el diagnóstico y la búsqueda de soluciones a todo el territorio nacional. Se trata de la hoja de ruta de este Gobierno para los dos próximos años y está centrada en tres ámbitos de actuación: el turismo inteligente, las comunidades rurales inteligentes y los servicios públicos 4.0. Todo ello, conjugando las nuevas posibilidades del Big Data y las formas inteligentes de comunicación con el usuario, con el correcto enfoque de políticas públicas. En una primera fase, se desarrollarán proyectos para cada una de estas áreas, en colaboración con distintas entidades locales, para crear prototipos punteros que sean ya exportables y extrapolables a cualquier territorio que así lo requiera.

Estos tres ejes están estrechamente vinculados. El peso ascendente del turismo en nuestros municipios -no solo en las grandes ciudades- hace necesario repensar la integración del visitante en la vida local: a través del smart tourism podemos profundizar en la experiencia turística, gestionando y distribuyendo la oferta disponible de forma eficaz a través de las tecnologías, a la par que damos un salto cualitativo en la capacidad de la Administración para gestionar e integrar la afluencia de visitantes a su ecosistema.

Las Administraciones locales pueden también gracias a la tecnología establecer un giro copernicano en la relación que mantienen con los habitantes. La oferta de servicios públicos 4.0 puede realizar un filtro de las interacciones del sector público con el ciudadano, evitando duplicidades y filtrando la información: una sola aplicación municipal podría permitirnos acceder -y ser informados- a las becas, ayudas, programas de formación o trámites burocráticos de forma personalizada.

Y por último la aplicación de soluciones inteligentes al mundo rural podrá permitirnos ayudar a que los municipios más debilitados por la despoblación colaboren entre ellos, mejoren la eficacia de la prestación de servicios, elaboren estrategias para impulsar los procesos productivos rurales, y combatan los efectos de su despoblación y envejecimiento, ofreciendo así soluciones a uno de los acuerdos de la última Conferencia de Presidentes de enero pasado: la Estrategia nacional frente al reto demográfico.

En definitiva, nuestra ambición debe transcender el concepto urbano, hallar un instrumento definitivo que combine tecnología y políticas públicas para reconciliarnos con nuestro país: para dar respuesta a nuevos problemas, pero también a viejos problemas. Si hemos conseguido bosquejar el futuro de las smart cities, ahora debemos avanzar hacia el concepto de smart territories para en adelante ser capaces de distinguir una solución global que nos conduzca hacia la smart Spain, la España inteligente: el desarrollo de un modelo estatal que despliegue la inteligente tecnológica para sustituir las barreras físicas y demográficas por puentes digitales, y construya a escala nacional el paradigma de la habitabilidad sostenible del siglo XXI.

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