Diario Sur

LA CIUDAD INVISIBLE

EL BAÚL DE LA INOCENCIA

Cada mañana la veo con su pequeño en brazos camino de la guardería El Pinar por una acera angosta y poco o nada adaptada para el carrito que empuja con la mano libre. Me cruzo con ellos cada mañana y, desde que observo su presencia al fondo de la calle, me generan un abanico de sentimientos positivos que me alegran el comienzo del día: Agrado de verlos aparecer a lo lejos un día más; afecto por la manera en que la madre interactúa con su pequeño, mostrándole lo que se van encontrando a su paso; admiración por la ternura con la que le habla y le abraza, y optimismo al ver que sigue habiendo personas que saben dónde está lo importante de la vida.

Todo ocurre en escasos segundos que son los que tardo en cruzarme con ellos pues yo lo hago desde mi coche (sí, he dicho en coche muy a mí pesar) mientras llevo a los míos -más mayorcitos- a sus respectivos colegios. Realmente no sé lo que le va contando a su hijo, es más, tampoco sé si es niño o niña, pero sí que me da tiempo a ver el brillo en sus ojos y la expresión de felicidad que me regalan cada mañana. Deberíamos ser capaces de retener esos pequeños momentos con los que convivimos cada día ya que dentro del mundo estresado en el que vivimos son como pequeños botes salvavidas repartidos por el océano tempestuoso en el que naufraga la sociedad.

Qué puede esperar esa madre para su hijo de un mundo donde la crueldad está a la vuelta de la esquina, donde se sigue deseando la muerte del que tiene tendencias religiosas diferentes, donde los atentados terroristas nos sacuden a diario, con gran repercusión mediática cuando es en Occidente pero con espeluznante asiduidad en los países de Oriente. Un mundo gobernado por mandatarios que todo lo ven desde el prisma del poder absoluto, donde priman los intereses propios basados fundamentalmente en el control económico y militar, demostrándose mutuamente su potencial armamentístico por si fuera necesario apretar el botón tras una amenaza por ellos mismos provocada (¿o negociada?). Intransigencia, egocentrismo, narcisismo patriótico,... Todo pende de un hilo para hacernos saltar por los aires.

Pero esta madre sigue abrazando a su hijo cada día ajena al descalabro mundial -¿o tal vez es una manera inconsciente de protección maternal ante las noticias que le han asaltado un día más desde los medios de comunicación mientras desayunaba?- y la veo señalando hacia el bosque de pinos del Vigil de Quiñones que acaban de cruzar, cómo le muestra el colorido intenso de las madreselvas y buganvillas que cubren los muros de las casas junto a la que pasan o le hace escuchar el sonido de los mirlos y palomas que aletean entre las sombras. Una especie de &lsquomindfulness&rsquo casual que ayudará a que ese personajillo crezca educado desde la familia sobre los valores del respeto, la gratitud y el amor, así como en otros tantos que nos dejamos olvidados en el baúl de la inocencia.

Llegados a la etapa estival en la que nos saturaremos de visitantes -para bien o para mal-, y donde tendremos que convivir con el «estrés del turista», se pondrá a prueba la paciencia de más de uno. Los que vivimos en esta ciudad tenemos la posibilidad de buscar esas balsas salvadoras entre los múltiples rincones que conforman nuestro entorno. Un paseo junto al mar y se produce la desconexión inmediata. ¿Lo has puesto en práctica en alguna ocasión?

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