Diario Sur

LA TRIBUNA

La enfermedad nos hace humanos

En los años ochenta del pasado siglo mantuve un cordial y prolongado debate sobre el futuro de la medicina, con un distinguido colega de Madrid (el Dr. F. Sánchez Franco). Él, con una sólida formación científica en USA, sostenía que el siglo XXI ya no sería el de la enfermedad sino el de la ‘performance’ de la salud. Yo, más escéptico, tenía mis dudas. Los 17 años del siglo XXI nos han dado la razón a los dos. Hoy hay más personas sanas y, también, más enfermos que nunca, lo que no es contradictorio aunque lo parezca. Pero aquel sueño de mi colega vuelve con toda su fuerza de la mano de los gurús de Silicon Valley, quienes anuncian, nada más y nada menos que la felicidad, la salud y la inmortalidad. «En 2045 la muerte será opcional» y para entonces el envejecimiento «será una enfermedad curable», aseguró recientemente en un programa de TV1 el ingeniero y profesor fundador de la ‘Singularity University’ en Silicon Valley, José Luis Cordeiro. Yo aquí hoy me voy a permitir solo un comentario y una recomendación que dejo para el final de este artículo. Como médico no puedo sino alegrarme de que algún día, aunque dejen sin trabajo a mis colegas del futuro, desapareciera la enfermedad, pero tengo la obligación de dudar de ello. Cuando alguien se atreve a profetizar es conveniente que conozca bien la historia. Y la historia nos dice que ‘el genio epidemiológico’ de muchas enfermedades ha cambiado, que el concepto de salud no se parece ya nada al de la época hipocrática y ni siquiera al más reciente de Alma Ata y que, en fin, las fronteras entre la salud y la enfermedad en buena parte se han roto. Naturalmente estoy hablando del mundo llamado desarrollado, porque en el otro los cuatro jinetes del apocalipsis siguen cabalgando a su antojo. Pero en el primer mundo, en el nuestro, la mayor parte de las enfermedades son ya crónicas y asociadas a la prolongación de la vida y, sobre todo, a un cambio cultural, entendido a la manera de Franz Boas, tan rápido que ha cogido con el paso cambiado a un cuerpo humano que no estaba preparado para tanta ‘prosperidad’. Así que sin eufemismos de ninguna clase podemos afirmar que los seres humanos ‘inventamos’ enfermedades, entendiendo aquí la palabra invento(s) como aquellos sucesos que surgen del contexto (’environment’) y no de la naturaleza humana. Es el caso de la obesidad, de la diabetes mellitus tipo 2, de la artrosis, de los pies planos, de las caries dentales, de muchas alergias e intolerancias alimentarias.. (la lista es demasiado numerosa para completarla aquí), enfermedades desconocidas, o casi, hace solo un siglo. El caso del SIDA es paradigmático. Una enfermedad inesperada, que en otro momento hubiera sido considerada ‘bíblica’, que aparece en los finales del XX cuando todo el mundo había cantado ya victoria sobre las enfermedades infecciosas. Lo más sorprendente de todas estas enfermedades es que aunque las padece el cuerpo humano (¿quién si no las iba a padecer?), ninguna de ellas tienen su origen (en el sentido más literal de la palabra), en el propio cuerpo sino fuera de él, en aquel lugar que antes hemos llamado cultura. Y sin embargo no deja de ser paradójico que, a) el interés de los últimos 30 o 40 años haya estado dirigido a la investigación biológica de estas enfermedades (la investigación genética sobre todo) y, b) que a pesar de ello, la prevalencia e incidencia de todas ellas no cese de aumentar. Es la historia de un fracaso que nadie quiere reconocer. La pregunta es, ¿si el origen de la mayoría de estas enfermedades no es propiamente biológico, sino histórico, es decir vinculado al modelo de sociedad, por qué seguimos creyendo en soluciones biomédicas, especialmente las relacionadas con la manipulación genética, en vez de reflexionar sobre la conveniencia de una sociedad menos insalubre? La respuesta, querido lector la dejo a su elección, pues no es independiente de los valores de cada uno y del modelo de sociedad que anhela para sí y para el futuro de sus hijos y nietos (es decir para el futuro de la humanidad). No deberíamos olvidar que todos aquellos, desde Tomas Moro, a Aldoux Huxley, desde D. Santiago Ramón y Cajal a Saramago, que han imaginado un mundo feliz, libre de la enfermedad y de la muerte, han terminando por devolverle a la humanidad su faz original, horrorizados ante las consecuencias de una salud (que incluye a la inmortalidad) eterna. De hecho no deja de ser un sarcasmo que con un número más o menos igual de enfermedades que siempre, hoy haya muchos más enfermos que nunca (¡que se lo pregunten si no a los gestores sanitarios!). Porque salud y enfermedad no son realidades antagónicas sino dialécticas, cuya concurrencia va cambiando a lo largo de la historia, ¡con la historia! Ahora los nuevos profetas nos prometen para el 2030 un mundo feliz e inmortal. Es posible que consigan que no nos muramos, pero no sè si tienen previsto un antídoto contra el aburrimiento. Porque como alguien ha dicho con ironía: «El colmo de alguien inmortal es que lo condenen a cadena perpetua». En todo caso me apuesto desde aquí mi vieja barba, a que no conseguirán un mundo libre de enfermedades. Anunciaba al principio un segundo objetivo de esta tribuna. No es otro que recomendar encarecidamente la lectura del libro ‘Transhumanismo’, que acaba de publicar el catedrático de Filosofía de la Ciencia de la UMA, Antonio Diéguez Lucena. Como en los próximos años vamos a seguir oyendo promesas sobre un futuro trans y posthumano, en el que conseguiremos la felicidad y la inmortalidad, es conveniente que el ‘tsunami’ nos coja prevenidos e informados. Y son ambas cosas las que consigue magistralmente el profesor Diéguez. Cómprenlo y léanlo, no se arrepentirán.

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