LA TRIBUNA

¿Por qué nos comportamos moralmente?

En una época en la que la corrupción parece inextirpable de la vida pública, la mentira se asume impúdicamente como arma política, y muchos son proclives a no aceptar más dictado que el de su propia conveniencia, esta pregunta por el origen del comportamiento moral parece más un sarcasmo que una duda seria. Y sin embargo ha sido una pregunta central a la que han intentado contestar las religiones, las escuelas filosóficas y, más recientemente, la ciencia. De lo que se trata es de saber de dónde surge nuestra capacidad para discriminar entre el bien y el mal, para elaborar juicios sobre ello y para sentirnos obligados a conducir nuestra conducta conforme a dichos juicios.

Hasta donde se me alcanza, las principales respuestas han sido las siguientes:

1) Es así como Dios nos creó. La moralidad (el conocimiento del bien y del mal) es consecuencia del pecado original, y, por tanto, del libre albedrío que Dios mismo nos otorgó. El contenido básico de nuestra moral fue también establecido por Dios, porque es el cumplimiento de su voluntad hacia nosotros, y se lo ha transmitido a los humanos.

2) Es un producto exclusivo de la cultura. Los seres humanos se organizan en sociedades, y en ellas, fundamentalmente a través de sus instituciones, establecen normas de conducta para guiar la convivencia. El contenido de las normas morales es fijado socialmente en función del contexto y las necesidades, y por eso varía de unas culturas a otras.

3) Es un producto de la cultura humana basado en estructuras psicológicas preexistentes (aquí un psicoanalista podría encajar el super-ego y un psicólogo cognitivo, un módulo mental específico), que son exclusivas de los seres humanos y que están presentes en todos los individuos. Estas estructuras constituyen el hardware sobre el que las diferentes culturas hacen correr el software que en cada caso se considere apropiado.

4) Es el resultado de ciertos sentimientos, estructuras mentales y conductas que han resultado beneficiosas desde el punto de vista adaptativo en especies ancestrales. El ser humano añade a esta base evolutiva la elaboración propiciada por una mayor inteligencia y capacidad de razonamiento, por el lenguaje y por miles de años de evolución cultural acumulativa. Dentro de esta posición, hay quienes consideran que el contenido básico de las normas morales también puede ser establecido por su valor adaptativo (sociobiología), y quienes piensan que dicho contenido es producto de un proceso de innovación cultural en el que la base biológica queda muy lejana. Esta segunda versión es la más aceptada.

Cada uno puede escoger la explicación que considere mejor. Incluso hay otras posibilidades que no están en la lista. No obstante, en mi opinión, hay razones suficientes para pensar que la más conforme con los datos científicos proporcionados por la primatología, la etología cognitiva, la paleoantropología y la psicología evolucionista es la cuarta, aunque hay que admitir que la discusión no está cerrada.

Cualquier defensor del origen evolutivo de la conducta moral sabe que sólo los seres humanos actúan por deber, tras una deliberación sobre lo moralmente correcto, y que solo los seres humanos (algunos al menos) intentan mejorar su conducta en función de objetivos morales, arrepintiéndose de su mala conducta anterior; pero piensa también que eso no lo es todo. Lo interesante para él es que los seres humanos no son los únicos animales que tienen sentimientos hacia sus semejantes, practican la reciprocidad, o son sensibles al aprecio o la desconsideración del grupo social. Esos rasgos, debido a su capacidad para promover la cooperación y para evitar conflictos, quedaron fijados hace millones de años en las poblaciones de nuestros ancestros primates, ya que favorecieron la supervivencia y el éxito reproductivo de los individuos o grupos genéticamente emparentados que los desarrollaron, es decir, fueron rasgos adaptativos que hemos heredado de ellos.

El primatólogo Frans de Waal ha argumentado que la moralidad humana tendría tres componentes básicos, los dos primeros compartidos con otros primates. El primero estaría constituido por los sentimientos morales (empatía, tendencia a la reciprocidad, deseo de una recompensa justa por un esfuerzo realizado, y, por tanto, aversión a un trato desigual); el segundo sería la presión social (normas sociales, preocupación por la comunidad, cooperación); y, finalmente, el tercero vendría dado por el razonamiento y el juicio moral e implicaría la interiorización de las necesidades y objetivos de los demás y la preocupación por hacer coherentes nuestras creencias morales.

Obviamente, se puede adoptar un concepto de moralidad (o de inteligencia) tan exigente que excluyamos por definición a los animales no humanos, pero con ello no habremos obtenido ningún conocimiento nuevo. Solo volveremos a lo que ya habíamos asumido desde el principio: que hay diferencias muy importantes entre ellos y los seres humanos. Si se exige que para que haya comportamiento moral se deba poseer la noción de deber moral, o disponer de la capacidad para regirse por normas que sean universalizables, o tener clara consciencia de las alternativas de acción y de sus consecuencias a medio y largo plazo, entonces solo los seres humanos son morales. Ciertamente, como ha subrayado el biólogo Francisco J. Ayala, sólo los seres humanos pueden prever el resultado de sus acciones, pueden emitir juicios de valor sobre ellas y pueden elegir entre vías de acción alternativas. Pero eso no va a evitar que compartamos con otros primates una base biológica, psicológica y social que posibilita en ellos conductas análogas a las que consideramos morales en los seres humanos y que podríamos calificar de ‘protomorales’.

No parece muy lógico que cuando un chimpancé acude a consolar a un congénere que ha perdido en una pelea veamos en su comportamiento una reacción meramente instintiva, o la búsqueda de algún beneficio propio, como la disminución de su estrés, mientras que si un ser humano hace algo semejante lo consideramos sin lugar a dudas como un acto moral. Esa acción puede estar motivada en el caso del ser humano por ideas muy nobles acerca de la ayuda al prójimo, que están fuera de la comprensión de cualquier animal no humano, pero es razonable pensar que tiene su origen último en un sentimiento de empatía que otros primates también poseen.

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