Diario Sur

Sí a Banderas; sí a Málaga

Es triste y decepcionante que el proyecto cultural y escénico que Antonio Banderas pretendía llevar a cabo en los terrenos de cines Astoria y Victoria se haya ido al traste, salvo cambio de última hora. Pierden todas las partes, pero especialmente la ciudad. Pocos lugares tienen la fortuna de contar entre sus vecinos con un personaje de la talla internacional de Banderas, dispuesto, además, a terminar su carrera en casa, involucrándose en proyectos sociales, benéficos y culturales. Banderas siempre ha hecho gala de su malagueñismo y esta idea era una prueba más de su compromiso. Banderas pretendía un teatro ‘underground’, una escuela de artes escénicas, salas de magia, de jazz, conciertos, ‘work shops’... No era más que poner en valor su experiencia y su agenda de tantos años de actor y empresario en Estados Unidos.

Él ha tomado una decisión que hay que respetar, pero ello no impide analizar los acontecimientos que han rodeado su renuncia. Es incomprensible e inadmisible que determinados sectores, muy minoritarios, hayan arrojado sospechas, infundios y acusaciones sobre posibles irregularidades, ilegalidades y fraudes de Banderas. Unos han sido insultos directos (de algunos medios y articulistas y en redes sociales) y otros, chanzas, menosprecios y ocurrencias que, con el ánimo de atacar políticamente al alcalde, afectaban directamente a Banderas. Nadie tiene por qué soportar esa presión y acoso y nadie tiene por qué ver socavada su honorabilidad y prestigio. Y muchos menos sin fundamentos ni pruebas.

Hay varias falacias (eso que ahora se llama posverdad) que circulan sobre este asunto. El proyecto era absolutamente legal y se adaptaba al pliego de condiciones del concurso de ideas; los promotores (Starlite, Banderas y Seguí) planteaban en la memoria económica el pago de un canon de 17 millones de euros, y la solvencia financiera parece sobradamente contrastada. Por ello, es falso, por mucho que algunos se empeñen, que haya ilegalidad o que hayan abandonado el proyecto por no querer pagar un canon.

El proyecto de Banderas ganó en buena lid un concurso de ideas y pretendía también presentarse a competir en el concurso definitivo de explotación. Es verdad que el alcalde pecó de un exceso de entusiasmo, pero poco más. Nada hacía peligrar la legalidad de ese concurso.

El asunto entró en la espiral política, mediática y de redes sociales y sucumbió ante la falta de visión de la corporación municipal, incapaz de detener el rifirrafe y aportar algo de visión para entender que la ciudad tenía ante sí una enorme posibilidad. Y también, hay que reconocerlo, una gran suerte. El conocimiento, los contactos, el know-how que Banderas iba a aportar a Málaga (cualquier consultora lo habría valorado en millones de euros) bien merecía el respeto y la ayuda de la corporación municipal. Y no el desprecio.

El proyecto no sólo era un sueño para Banderas y una oportunidad para la ciudad, sino una herramienta para regenerar un entorno deprimido y abandonado durante años. Toda la zona de la plaza de la Merced, Lagunillas, Cruz Verde, Victoria y Mundo Nuevo se habrían visto beneficiadas. Y con ellas, su tejido social, comercial y vecinal.

Una pena y también una enseñanza. Málaga no se puede permitir que una minoría o determinados representantes públicos echen por la borda proyectos ilusionantes y beneficiosos para la ciudad. Que cada palo aguante ahora su vela. Con nombres y apellidos. Es evidente que, en estos casos, no hay que quedarse callados, sino actuar y levantar la voz para defender lo que se considere bueno y justo. Sin complejos. Por eso este editorial se titula ‘Sí a Banderas; sí a Málaga’.

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