Diario Sur

LA ROTONDA

Otras Málaga

Es Sábado Santo y Málaga descansa de seis días de procesiones. En un rincón del Compás surge la tertulia espontánea en torno a una botella de Montepulciano d’Abruzzo, en la osteria de Giuseppe. Participan un chupa y tira de toda la vida; un irlandés que ya es victoriano y una pareja holandesa que aspira a serlo en breve. Es su enésima escapada para buscar la casa perfecta para su próximo retiro en el mismo barrio. Se habla en inglés. Para estos últimos ha sido la primera Semana Santa y aseguran que se han emocionado hasta las lágrimas viendo los tronos. Los han seguido todos, y desde varios ángulos. También a través de las miles de grabaciones en YouTube. El malagueño les invita a participar el año que viene en alguna de las procesiones. Antes de llegar a ese punto de integración pretenden chapurrear el español.

Entre un pase de vídeo y otro, ella se queja de que en Málaga no encuentra dónde comprar algún CD con las marchas procesionales. Nadie tiene una respuesta a una pregunta tan sencilla. Pensando a toro pasado, igual en cualquier casa hermandad se los venden. La conversación deriva hasta un punto en el que el irlandés malaguita le enseña en su móvil a los de Amsterdam varios vídeos de pandas de verdiales, mientras les explica las ancestrales tradiciones musicales de esta tierra. Los sones repetitivos del violín y los platillos llenan la barra del bar italiano desde el minúsculo altavoz, bajo la mirada de cuatro nacionalidades europeas. Todo ocurre a los pies del Santuario de la Victoria, frente al que todavía chirrían los neumáticos de los coches al pasar por la curva, impregnados con la cera de las velas, en un sonido casi tan ancestral y malagueño como el del estilo Montes.

¿Y por qué les cuento todo esto? Se preguntarán ustedes. Pues porque creo que este es el ejemplo más claro de que Málaga ya trasciende a los propios malagueños, que no somos ni mucho menos los únicos garantes de nuestras tradiciones, de nuestra cultura ni de nuestros valores. Gente de medio mundo ha descubierto este rinconcito del Mediterráneo y quiere formar parte de él; vivirlo, conocerlo y amarlo como el que más. Así fue en la última etapa de florecimiento económico y social de la ciudad, en el siglo XIX, con su burguesía de apellido extranjero. Y así será en el XXI, en este nuevo ciclo centenario de expansión de la urbe. Las cotas de éxito que Málaga alcance en las siguientes décadas dependerán en parte de la capacidad que tengamos para escuchar lo que estas nuevas voces puedan aportar; savia nueva para un árbol milenario aquejado de no pocas plagas, que se curan con abono de mundo en las raíces.

Si me permiten parafrasear al poeta francés Paul Éluard: hay otras Málaga, pero están en esta.