Diario Sur

la tribuna

Medicina y transexualidad

Se suele decir que la transexualidad ha existido siempre, en todas las sociedades, en todas las culturas y en todas las épocas históricas. Y es verdad. Pero no siempre ha existido de la misma forma. En las sociedades occidentales, la medicina ha colonizado la transexualidad, considerándola un trastorno de la identidad de género y creyendo que solo a través de la intervención de la medicina pueden alcanzar su dignidad las personas transexuales.

En el artículo que escribieron en este mismo diario Mari Cruz Almaraz e Isabel Esteva, endocrinólogas de la Unidad de Transexualidad del Hospital Civil de Málaga, afirmaban que en esta Unidad tratan a personas transexuales con una disforia extrema. Eso no lo pongo en duda. Lo que no saben es que yo no me dedico a la mera especulación, que conozco a personas transexuales con una disforia extrema, pero también conozco a otras que solo tienen una disforia moderada, y a muchas otras que no presentan ninguna disforia. El problema consiste en que no se puede seguir diagnosticando a las personas transexuales con el término de disforia de género y que no se puede identificar disforia y transexualidad. Cada vez hay más profesionales de la medicina que consideran que la disforia no es algo inherente a las personas transexuales, que la disforia depende de la marginación, la segregación, la violencia y la estigmatización. Por lo tanto, la intervención no puede ser solo desde la medicina ni excluir el sistema de la autocomprensión de las personas transexuales, sino que, cuando fuera necesario, también se debería acompañar con una intervención social, cultural y política.

No pongo en duda que la medicina pueda cooperar en el bienestar de estas personas. Pero no puede existir ninguna unidad médica ni ningún especialista que se considere a sí mismo y a la ciencia por encima de la ley. En un informe realizado en 2009 por Thomas Hammarberg, Comisario de los Derechos Humanos del Consejo de Europa, les proponía a los profesionales de la medicina que no consideraran necesario el diagnóstico y la evaluación para ofrecer la atención médica a las personas transexuales. Y, por supuesto, es absolutamente necesario eliminar las sesiones interminables de diagnóstico en las que las personas transexuales se veían forzadas a un sufrimiento feroz y sometidas a preguntas denigrantes que ejercían una violencia exacerbada sobre personas vulnerables. Tiene que desaparecer el diagnóstico, igual que desapareció la experiencia de vida que consistía en obligar a las personas en tratamiento a realizar tareas o trabajos encarnando su sexo sentido para demostrar que mantenían estable la identidad que decían tener. Era un tiempo de sufrimiento atroz en el que solían aumentar, según los propios expertos, los episodios de acoso y violencia.

El modelo de asistencia basado en el respeto mutuo y la amistad, como lo describen de forma bucólica las doctoras Esteva y Almaraz, ha tenido que brillar por su ausencia en la UTIG cuando unas personas salían llorando de la consulta, otras rezaban antes de entrar y sufrían lo indecible por temor a equivocarse y no responder de la forma adecuada a las preguntas que se les formulaban cara al diagnóstico. Es difícil comprender cómo se puede establecer una relación médico-ciudadano o una relación de amistad médica cuando los ‘pacientes’ tienen que soportar una batería de preguntas en unas condiciones tan difíciles. He entrevistado a muchas personas que han pasado por esa Unidad y tengo una batería considerable de información sobre el tratamiento que aseguran haber recibido tanto los adultos como los menores transexuales.

No se trata de buscar la amistad del médico sino de cambiar el modelo. Nadie pretende desviar el tratamiento de las personas transexuales a la medicina privada. Aquí no vale la demagogia. La asistencia pública tiene que garantizar una atención médica desde la igualdad y la dignidad. Y lo que resulta más gratificante de todo es que el Hospital Universitario Virgen de las Nieves de Granada, con el trabajo meritorio del Dr. Raúl Hoyos Gurrea al frente, se haya convertido en un centro de referencia en el tratamiento de las niñas y los niños transexuales.

La próxima vez que me hagan una entrevista llamaré a los miembros de la extinta UTIG para saber sobre qué puedo hablar. Pero mientras pueda, me arriesgo a recordar que Nils Muižnieks, el actual Comisario de los Derechos Humanos, en mayo de 2014 hizo un llamamiento urgente a todos los gobiernos para que revisaran la legislación y las prácticas médicas con el fin de proteger a las personas intersexuales de intervenciones quirúrgicas irresponsables.

Tal vez tenga sentido que, al hilo de los protocolos de la barbarie civilizada en los quirófanos de los hospitales, nos preguntemos si la praxis médica relacionada con la identidad de género es tan inocente como pretenden las autoras a las que nos referimos o si ha causado en muchas ocasiones un daño irreparable a los pacientes, aunque gozaran de las justificaciones pertinentes. Podría ocurrir que el modelo basado en el diagnóstico, la evaluación y las unidades multidisciplinares especializadas fuera un modelo anacrónico y que vulnerara los derechos humanos.

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