Diario Sur

LA TRIBUNA

Carta a un joven profesor

Ahora que se pone el sol en las aulas y tú preguntas por todo lo que no encontraste en el temario de oposiciones, me vas a permitir que te responda en este formato tan clásico y tan íntimo.

Cuida de no agobiarte en tus inicios. No eres ni un sacerdote, ni un burócrata. Eres todo un profesional de la educación con lo que significan estas palabras. Tu trabajo tiene una alta dignidad que has de preservar frente a un escaso reconocimiento social; y, pese a derivas administrativas cíclicas, intenta no consumir demasiadas energías en informes, memorias y programaciones varias que probablemente nadie leerá después. Una palabra oportuna en el aula valen más que mil en un archivo. Mantén, eso sí, una clase organizada en el tiempo y en el espacio. Si puedes, redacta un diario y tendrás una herramienta más útil de lo que imaginas.

Escucha al viejo profesor, pero no lo imites. Su consejo te ahorrará vanos esfuerzos y algún que otro resbalón inoportuno. Sin embargo, tu tiempo es otro y seguramente mejor. Su carisma ha de invitarte a fabricar el tuyo propio. Tienes que aprender tu personal manera de estar en el aula.

Por eso no idealices, ni satanices método alguno en educación. Los hay, por supuesto, que favorecen una mayor implicación de los alumnos y por tanto un mejor aprendizaje. Pero todos pueden fracasar estrepitosamente si tu disposición en el aula no provoca la necesaria empatía. Algo indefinible, ausente en los tratados de pedagogía, permitirá que enganches con tus alumnos. Eres tú.

Aléjate de banderas ideológicas que no soportan el mínimo contraste con lo real o lo posible. Para ello no tienes necesidad de renunciar a ningún horizonte utópico; porque si no tienes sueños, serás un triste profesor y también un profesor triste. Me refiero a recurrentes y falsos debates, más enconados cuánto más lejos del espacio físico del aula están sus protagonistas. El más falaz de todos puede ser el que enfrenta a esfuerzo con motivación, tal vez con el deseo de maquillar aquellos resultados que no agradan. Entiende bien que es tu obligación hacer de tu clase un espacio atractivo y, en muchas ocasiones, con un toque de aventura. Pero la de tus alumnos es estudiar y alcanzar una titulación tan obligatoria como los impuestos que pagamos todos para que puedan disfrutar del derecho a la educación. No es una contradicción: la educación pública es gratuita, pero muy cara. Tanto como para no estar intentando averiguar si son galgos o podencos.

Huye de quienes quieren convertir el aula en un púlpito, pero no impidas a tus alumnos buscar a Dios entre la niebla. Así andaba, pobre poeta en sueños, un antiguo colega que se llamaba Antonio Machado. Te recomiendo mucho que leas su Juan de Mairena. En realidad, tienes una importante tarea que hacer ayudando a romper el cerco de hierro que mantienen en la historia de la educación española quienes siguen cavando trincheras entre confesionalidad y laicismo. En la refriega es fácil olvidar algo que se llama cultura religiosa; tan necesaria que si tus alumnos no saben lo que es un cirineo, lo que encierra una catedral o lo que es vender por treinta monedas de plata, serán unos incultos. Tú, también.

Mejora tu inglés y anima a tus alumnos a practicarlo en cualquier situación. Pero cuida sobre todo del buen uso de nuestra lengua. Lo del bilingüismo es otra cosa, pese a lo que diga tu concurso de traslados. Condúcete bien, con rigor y prioridad, en nuestra lengua vehicular, en un castellano al que contemplan más de mil años. Por eso, diga lo que diga tu titulación, eres también profesor de lengua y en las tareas de evaluación has de tenerlo bien presente. Busca mil maneras de provocar a tus alumnos con la lectura.

Poco tengo que decirte sobre el uso de las nuevas tecnologías. Para ti nunca lo han sido porque naciste con ellas. Por tanto, esfuérzate en sacarles todo el partido como herramienta principal, aunque debes de procurar que siempre prevalezca tu voz; y ten a mano una tiza para evitar que un apuro técnico te haga sentir como un náufrago en la nube.

Maneja con habilidad la virtud de la paciencia sabiendo que tú pones el límite. Tus alumnos intentarán sobrepasarlo y en su empeño van a necesitar tanto de su rebeldía como de tu firmeza. Gritar no funciona. Se llama autoridad y tiene tanta vigencia como siglos. No eres ni su colega, ni su amigo; puedes ser mucho más. Tal vez seas el referente que no ven nunca en casa y que le acompañará de por vida. Todos tenemos un maestro en la memoria.

Y una última cosa. Seguramente verás un día que quieren imitarte. Si así fuera, que se contagien de tu entusiasmo. No hay nada que encarne mejor la fuerza transformadora de la educación. Sin él, el aula se convertirá con seguridad en un espacio para la indolencia y la rutina. Su presencia, por el contrario, aviva la inteligencia y despierta otra imprescindible herramienta pedagógica como es el sentido del humor. Mal lo tienes si no puedes despertar la sonrisa en el aula.

Con ella te digo vale que en latín significa consérvate sano. Así termina el Quijote. Va siendo hora -y edad- de que empieces a leerlo. A su manera, también fue un gran maestro.

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