Diario Sur

LA ROTONDA

Quiero mi suelo

Me lo estoy imaginando, pero no cuesta visualizarlo: una plácida comida con la familia extensa (o sea, con los cuñados) de un domingo de primavera que la sangre altera. Sale el tema de las cláusulas suelo y una hermana política anuncia su éxito rotundo frente a su banco, que le va a devolver un pastizal que le había cobrado indebidamente por aplicarle durante años un mínimo en su hipoteca. Tanto le toca, alardea la triunfante economista, que se va a ahorrar el crédito que tenía que pedir (a esa misma entidad, por supuesto) para la Primera Comunión de la niña, y con lo que sobre se van todos a Eurodisney de París, que es lo más después de hacer las primeras comuniones, ya lo sabes, Maribel.

Total, que la cuñada, hirviendo en envidia cochina, hace sus cuentas mentales, que si a la otra le han devuelto tanto a mi me toca lo mismo, o incluso más y así le pega en 'to' los morros a la mujer del hermano. Llama a uno de estos abogados que ahora se anuncian por todas partes, y que se hacen cargo de las negociaciones o de la reclamación judicial, en su caso, sin cobrar nada y a cambio de una módica comisión cuando se gane.

Lo dicho hasta ahora es una elucubración imaginaria, pero lo que viene, que es lo divertido, prometo que no me lo he inventado, y describe más o menos el estado de la cuestión en las sucursales malagueñas. La buena señora, por consejo de su letrado, se planta en la oficina y exige que le devuelvan lo cobrado indebidamente por la cláusula suelo. Lo hace primero con el interventor. Este mete sus datos en el ordenador y se vuelve hacia la clienta, aliviado. Respuesta: «Usted no ha tenido nunca cláusula suelo, y por tanto no puede reclamar por algo que no se le ha cobrado».

Airada, la víctima de la cuñada triunfante exige hablar con el director, que le responde, punto por punto, lo mismo, y le enseña las condiciones del crédito que firmó. No contenta con esto, le pasa a su abogado por teléfono, que insiste en reclamar la inexistente cláusula. El sainete duró tres actos, tantos como visitas de la susodicha, que, ya derrotada y en un alarde de conocimientos de economía financiera, llegó a criticar a los responsables de la entidad porque no le hubieran puesto antes el dichoso suelo a su hipoteca.

Si la ponen porque la ponen, y si la quitan porque la quitan, la cuestión es que la culpa siempre la tengan los bancos, que es verdad que no han hecho algunas cosas bien, pero que tampoco tienen la culpa de todos los males del mundo. Vamos, que ni Los Caciques de Carlos Arniches.