LA ROTONDA

De Málaga, ¿qué tiene?

Era una pareja joven, normal, con un precioso cachorrón de dogo argentino tumbado a sus pies. Estaban sentados en la mesa de al lado, en la terraza de un restaurante especializado en carnes del Muelle Uno, de temática tan argentina como el perro. Él se empollaba la carta de vinos como si no hubiera un mañana. La pasión compartida por los canes y por los buenos caldos, junto con la deformación profesional y un decoro que con los años se vuelve menguante me hicieron fijarme en su actitud cuando llegó el camarero.

Entonces lo hizo, y fue como si se abriera un claro de sol de primavera en el cielo que aquel día estaba todavía nublado. Sin apartar la vista todavía de la lista de nombres, con el empleado esperando a su veredicto, le preguntó a bocajarro: «Y de Málaga, ¿qué tiene?» Pocas veces cinco sencillas palabras encierran tanto significado. Aquella pareja quería acompañar su almuerzo con un vino de la provincia y no pudo, a pesar de que la carta era bien extensa. En honor a la verdad, diré que había uno, pero era rosado y preferían beber tinto.

No me pude resistir: me acerqué a darle la enhorabuena, y le dije que gestos como el suyo son los que hacen posible que cada día más restaurantes incorporen alguna de las decenas de grandes referencias que se producen en la Serranía de Ronda, en la Alta Axarquía, en Los Montes, en la Vega de Antequera y en el Valle del Guadalhorce. Se lo tomó con humor y me dio una segunda alegría: «No soy el único, cada día hay más gente que los pide». Se ve que estaba en el negocio. Al final tuvo que beberse otra cosa, porque no tenía más remedio. Yo pedí cerveza, por principios.

En la provincia hay medio centenar de bodegas, muchas de ellas premiadas por la excelencia de sus producciones; de corta tirada, a veces tradicional, otras ecológica certificada, siempre hechas desde el conocimiento y el máximo respeto por la uva y los procesos de crianza. Son medio centenar de oportunidades para el empleo en el campo malagueño; para la creación de riqueza en los pueblos; para la exportación (para variar, fuera se valoran más que dentro); y para el disfrute de los que -por fortuna, cada vez más- aquí vivimos como bebemos, estilo malaguita. No tengo nada en contra de los de otras zonas, pero sinceramente no creo que sean, en términos generales, mejores que los nuestros. Si acaso, más baratos, pero ya se sabe que lo que no va en lágrimas va en suspiros.

«Y de Málaga, ¿qué tiene?» Desde aquí propongo a todos los catadores de buen vino que hagan esa sencilla pregunta al camarero en cada bar que visiten. Verán como en pocas semanas ya no es necesario volver a hacerla.

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