LA TRIBUNA

El síndrome Galatea

Cuando pensamos en los efectos (positivos o negativos) que tendrán en el futuro las técnicas de la ingeniería genética y de su sucesora, la biología sintética, tendemos a pensar o bien en su uso sobre productos agrícolas, o bien en las transformaciones que se nos anuncian que producirán en el ser humano. Rara vez pensamos en los animales. Y, sin embargo, ellos están ya experimentado la aplicación de dichas técnicas, y todo apunta a que lo harán pronto de forma aún más intensa. Muchas personas han oído hablar del maíz, la soja, el arroz y los tomates transgénicos, pero con seguridad son bastantes menos las que conocen la existencia de animales transgénicos, no digamos ya de quimeras mezclas de células animales y humanas. En efecto, si bien ha causado sorpresa la noticia de que un equipo dirigido por Juan Carlos Izpisúa ha conseguido desarrollar embriones de cerdos con células humanas, con el objetivo de proporcionar en el futuro una fuente de órganos para el trasplante, no es la primera vez que se generan este tipo de quimeras. Y no conviene olvidar que los animales transgénicos no están solo en los laboratorios y centros de investigación del mundo entero, sino que los tenemos desde hace tiempo en los establos y en las tiendas de mascotas.

Una buena parte de los animales transgénicos que existen han sido creados para desarrollar alguna enfermedad, como algún tipo de cáncer, y poder ser utilizados así en la investigación sobre su cura. Los hay también que han sido diseñados para producir sustancias de interés medicinal. Se ha logrado obtener la hormona humana del crecimiento a partir de vacas, ratones y conejos modificados con genes humanos; e igualmente se ha obtenido la proteína humana antitrombina, que es anticoagulante, y la insulina a partir respectivamente de cabras y de vacas transgénicas. Aunque no todos coincidirían en ello, la utilidad médica parece justificar en estos casos la aplicación de estas técnicas a los animales, pese a que pueden causarles un enorme sufrimiento. Sin embargo, también se han generado animales transgénicos por mero deseo de novedades. Fue muy sonado en su momento el conejo que incorporaba un gen de medusa que le hacía brillar con fluorescencia cuando le llegaba luz azul. En los Estados Unidos ha sido puesto a la venta un pez cebra transgénico, 'GloFish', que incorpora el mismo gen y es también fluorescente. Los hay de varios colores. En cuanto a la comercialización de carne, el único animal modificado genéticamente cuyo consumo ha sido permitido hasta ahora en los Estados Unidos es el salmón gigante 'AquAdvantage'. Y son posibles manipulaciones aún más inquietantes. En 2013 un equipo de la Universidad de Rochester, en el estado de Nueva York, daba cuenta en una prestigiosa revista científica de cómo habían desarrollado un ratón quimera cuyo cerebro contenía una alta proporción de células gliales del cerebro humano, lo que potenció sus capacidades cognitivas. Se especula asimismo con la creación de animales de granja con un cerebro disminuido en sus capacidades, suficiente solo para mantener las funciones básicas del organismo (respiración, digestión, movimiento, respuestas automáticas, etc.). El objetivo sería poder estabularlos más cómodamente y que puedan servir como fuente de recursos alimenticios, o para la investigación, sin causarles supuestamente tanto sufrimiento como el que ahora padecen.

Ante los recelos que todo esto suscita, en los últimos años se ha puesto exitosamente en circulación la expresión 'síndrome Frankenstein': una biotecnología fuera de control que trae al mundo criaturas útiles pero desagradables, peligrosas o de miserable calidad de vida, cuya autonomía como seres vivos podría hacer que escaparan de cualquier supervisión y terminaran volviéndose en contra de nuestra salud o bienestar, con efectos devastadores (plagas, invasión de ecosistemas, pérdida de biodiversidad, etc). Sin embargo, tal como se anuncian hoy las cosas, creo que debería preocuparnos igualmente lo que, en contraposición, podríamos denominar 'síndrome Galatea'. Recordemos que Galatea era el nombre de la estatua creada por Pigmalión, el mítico escultor y rey de Chipre, de la que éste se enamora, y a la que Afrodita, apiadada por los ruegos del escultor, dota de vida propia. Las criaturas producto de la biotecnología podrían ser objeto de un intenso deseo más que de repugnancia, y no sería descartable que hubiera quienes quisieran fundirse con ellas en algún tipo de estrecha relación biológica o psicológica. Este síndrome representa de hecho una situación tanto o más probable que la descrita por el síndrome Frankenstein y quizás constituya el acicate principal para que se produzcan muchos de los cambios que se anuncian.

Si los que señalan la existencia de un síndrome Frankenstein intentan advertir sobre los efectos perjudiciales que la transformación tecnológica de los seres vivos podría tener para los seres humanos, la percepción de un síndrome Galatea fijaría más bien su mirada en los efectos perniciosos que para los propios animales tendrían las transformaciones realizadas sobre ellos con el solo objetivo de servir a los fines humanos. Cualquiera que conozca el grado de instrumentalización que sufren hoy los animales admitirá que esta posibilidad reclama alguna atención. La cosificación creciente de los animales plantea el riesgo de que terminen siendo en nuestras manos juguetes vivientes. Las mascotas por encargo, personalizadas a capricho del demandante, podrían convertirse en una fuente inagotable de negocio para criadores con habilidades de biohacker.

En la evaluación ética (y política, y social) de este asunto, antes que apelar a grandes conceptos de difícil precisión, por poderosos que estos puedan ser a la hora de tocar la sensibilidad del público, como el de naturaleza, dignidad, 'telos', etc., parece más útil, y más productivo para la discusión, tomar en consideración los efectos concretos que sobre el bienestar de los animales tendrá previsiblemente el uso de esas técnicas, y en particular si su falta de eficiencia o sus efectos adversos podrían producir en ciertas situaciones (que entonces habría que evitar) un sufrimiento injustificable.

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