Diario Sur

LA ROTONDA

Patria madrastra

Por el corredor de la terminal del aeropuerto de Santiago de Chile caminan con los petates al hombro. Rostros cansados pero compuestos. Con mucha mili de la de verdad en las espaldas. Se les reconoce por los uniformes de colores atípicos, para ser militares. Iba a ser una despedida a secas y sin fastos, de vuelta cansada del trabajo, en un día cualquiera del tórrido verano austral. Ante el paso de los soldados españoles, los viajeros que esperaban a esas horas sus vuelos para irse de vacaciones improvisaron la más sencilla y emotiva de las despedidas: una ovación cerrada, cargada de agradecimiento, para los 56 hombres y mujeres que habían cruzado medio mundo para ayudarles a luchar contra las llamas de los incendios forestales que arrasan el país.

Las escenas, viralizadas gracias a las redes sociales y que han aparecido en todos los medios informativos, son un motivo de orgullo tanto como para la reflexión. Da gusto ver que España todavía pinta algo en el mundo, aunque no sea precisamente por su capacidad de influencia diplomática; sino por la preparación y entrega de sus profesionales. Los españoles somos grandes técnicos, entregados bomberos, policías, médicos, enfermeros y militares, que, como los 56 de Chile, se dejan la vida por salvar la de otros en toda clase de catástrofes naturales.

Pero los aplausos de los chilenos también saben amargos, pues me recuerdan los que no recibió, sólo unos pocos días antes, Javier Fernández en otro aeropuerto, esta vez español, donde llegó sin que nadie le esperara, más allá de alguna cámara de televisión que le sacó abundante rendimiento a las tristes imágenes. El deportista, desconocido para la masa, venía de lograr algo tan nimio como su quinto Europeo consecutivo, algo que ningún patinador sobre hielo había logrado desde 1973.

Pasa continuamente. Los españoles tenemos que salir fuera para encontrar el reconocimiento que esta patria madrastra niega por defecto, donde la Pantoja está entre las pocas que merecen el aplauso en vida de sus conciudadanos. Ya se sabe que aquí haber pasado un tiempo en la cárcel -«está preso», que dice el pueblo cuando habla de uno de los suyos, con la cabeza muy alta- eleva la consideración social.

Para militares en misión humanitaria; deportistas de élite; científicos de reconocido prestigio; ingenieros que lideran las grandes obras del mundo; escritores y, básicamente, todo aquel que no sea un futbolista ni una tonadillera ni se haya forrado a costa de los demás o de hacer el indio en la tele, no esperen que nadie les dedique ni una mirada fugaz en el aeropuerto.