LÍNEA DE FUGA

Málaga, 951

Raúl, de 2ºA, ha hecho algo que se parece a una mujer con un hato enorme. Lola comparte clase y fascinación con Raúl por la pesada carga asignada a su figura de plastilina. La vida entera metida en una manta cerrada con un lazo de cuerda, llevada al hombro, con suerte, a lomos de un rucho. Adriana ha preferido poner a una madre con dos bebés de ojos como huevos fritos metidos en cestos, cruzando un río cian. La clase entera de 5ºA ha dejado bien clara la firma en su mural de cartulina. Sombras negras, llamaradas y aviones. Los niños de cinco años han recreado la huida con personajes de Playmobil y los mayores han cogido los teléfonos móviles para grabar a sus abuelos, luego se han descargado una aplicación para montar las imágenes junto a otras de aquella desesperación y el resultado deja sentado de culo a más de un licenciado en Comunicación Audiovisual.

Todo eso compone la fase final, la excusa casi, de 'Málaga-Guernica 951', el proyecto que los artistas Rogelio López Cuenca y Elo Vega han desarrollado durante las últimas semanas en el Colegio Nuestra Señora de la Candelaria de Benagalbón. Y decir colegio, así, a secas, es quedarse un poco corto. Porque allí dan la bienvenida las gallinas, hay un comedor con cocina propia de productos ecológicos -hoy toca gazpachuelo- y en las paredes queda poco del verde desvaído de los azulejos que alguien escogió para que los colegios parecieran piscinas vacías con la vida comida por el sol. Aquí hay figuras colgadas del techo, un millón de carteles con mensajes y algunas de las obras de los artistas que han pasado por la sala de exposiciones Robert Harvey, la misma donde acaban de estrenar 'Málaga-Guernica 951' como parte del temario de la asignatura de aprender a mirar el mundo.

Porque algunos pensaban que aquello iba sobre los hombre que pegan a las mujeres. Al fin y al cabo ellas aparecen siempre tristes y ellos, cabreados, a veces con armas. Otros han preguntado qué es una dictadura. A todos les han planteado qué se llevarían de casa si tuvieran que salir con lo puesto, en medio de la noche, como hicieron muchos de sus abuelos hace 80 años. Todos se acordaron de sus mascotas y de sus padres y hermanos, algunos añadieron la 'tablet' y la consola y hubo quien no se olvidó de echar dinero, por si acaso.

'Málaga-Guernica 951' habla sobre la diferencia entre dos dramas ocurridos con un par de meses de diferencia y esos kilómetros (951) de distancia. Aunque hay separaciones más amplias y profundas, las que van de un crimen olvidado a un icono planetario por obra y gracia de un cuadro convertido en fetiche. Porque Guernica es, sobre todo, el 'Guernica' de Picasso, al menos para la inmensa mayoría de la humanidad, mientras el éxodo de la carretera de Almería que esta semana ha cumplido ocho décadas apenas era conocido hasta hace quince años.

Y no se trata de medir la tragedia al peso de los muertos, aunque tampoco haya que olvidar algunos raseros, por la perspectiva y eso: los casi 300 fallecidos en el bombardeo de Guernica frente a los caídos en 'La Desbandá' (entre tres mil y cinco mil); los más de 150.000 desplazados atacados por tierra, mar y aire; el primer gran éxodo del siglo pasado en Europa; la caída de Málaga como el principio del fin de la República; la brutal carga histórica, simbólica y humanitaria de un drama olvidado por la callada vergüenza en ambos bandos: la de quienes tiraron las bombas y la de quienes abandonaron a su suerte a miles de civiles indefensos. Pero de un lado hay un cuadro famoso, un becerro de oro por el que se pelean los grandes museos del mundo. Y del otro, apenas un puñado de fotos cuarteadas y borrosas.

Y ahora que el utilitarismo salvaje amenaza la enseñanza de las Humanidades, a ninguno de los lujosos museos de la capital; a ninguna institución local, provincial o regional; a ninguno de esos gestores culturales a sueldo del presupuesto público se les ha pasado por la cabeza traer hasta el presente, desde la reflexión artística y la pertinencia pedagógica, aquella huida de nuestros abuelos que precedió a la destrucción de Guernica y a la actual crisis humanitaria de los migrantes.

Ha tenido que ser un pequeño colegio de Benagalbón el que nos recuerde que el arte, la lectura, la creación en comunidad y diálogo todavía nos ayudan a entender el mundo, a que el pasado no se repita en el futuro, aunque el presente nos tenga en vilo.

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