LA ROTONDA

Microbio invita

Los autobuses de la EMT, además de un medio rápido, eficaz y barato de moverse, son una fuente inagotable de enseñanzas sobre la vida en esta ciudad del paraíso que ahora busca sitio para el poema del mismo nombre. De haberse referido Vicente Aleixandre a cualquier otra, ya llevaría décadas grabada en el mural más emblemático de la urbe. Donde se viera mucho. Pero bueno, Málaga es así, madrastra de la más bella Cenicienta. El caso es que en uno de los últimos paseos a bordo de una línea, creo que del número 1, me topé con una de esas situaciones que me apasionan, por cuanto tiene de fábula y de enseñanza acerca del comportamiento del ser humano en las sociedades modernas.

Al poco de subir en el 'camión', que así lo llamó mi abuelo toda su vida (nada que envidiar a la guagua de los canarios) me abrí camino hacia una zona más o menos despejada y enseguida me percaté de la causa de que así fuera. Viajaba junto a mí un hombre joven, alto, cuya talla se acrecentaba porque llevaba sobre el hombro, a modo de loro, a un perrillo chihuahua de ojos muy saltones. Iba el animalillo vestido con una camiseta del Málaga de su talla, y por lo que pude escuchar se llamaba Microbio, nombre propio que no le iba mal a su diminuto tamaño: poco mayor que una rata grande, de esas que campan a sus anchas por el Centro y el Parque al caer la tarde. Andaban los dos metidos en íntima conversación, que parecía que el can respondía con gruñidos flojos y ladridos quedos a las palabras que le dedicaba su amo.

En esas estábamos cuando se subieron al vehículo dos amigas de edad madura. Una pagó con su tarjeta, y aclaró a la otra que no podía 'picar' por ella porque su abono era de jubilada. La que faltaba por pagar el billete se quedó dándole vueltas al bolso en busca de su propia tarjeta, que se negaba a aparecer en el fondo del saco.

«Señora, pase esto por el lector», le espetó el dueño de Microbio, mientras le tendía una cartera a la que seguía rebuscando. Lo hizo ella de forma mecánica, sin saber muy bien de qué iba la cosa. Sonó el 'bip' y todavía tardó unos segundos en percatarse de que le acababa de pagar el viaje con su 'bonobus'. Un poco confundida, quizá abrumada por la inesperada muestra de cortesía y generosidad, la señora acertó a dar las gracias mientras la extraña pareja se despedía entre bromas y se bajaba del autobús, donde dejaron flotando una lección magistral sobre el engaño de las apariencias.

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