LA ROTONDA

La tapia del Astoria

El Astoria cierra sus puertas por enésima vez, pero no precisamente por reformas. Eso ya se verá, si eso. Más adelante, como casi todo en esta ciudad. El soportal de la entrada al antiguo cine de la plaza de la Merced se había convertido en los últimos meses en un concurrido refugio de indigentes, que ya habían llegado incluso a amueblar humildemente su céntrica chabola con vistas a los guiris de manga corta en enero. Lo malo es que el espectáculo no gustaba a los guiris; tampoco a los vecinos, ni a los comerciantes ni al Ayuntamiento, que es el propietario del inmueble, y ayer mismo tapiaron el hueco de la covacha, y sus moradores se han tenido que buscar la perra vida con sus perros. Como siempre.

A falta de pan, buenas son tapias, que podría decir el refrán neologista. En Málaga un buen muro lo arregla todo, mejor si es de grandes bloques de hormigón. No hay problema grande sino pared pequeña. Así siguen el Astoria y su vecino el Victoria, donde el mismo equipo de gobierno que ahora, con escasas variaciones, se gastó un disparate para quedarse con los terrenos. Algo sí ha cambiado: ahora hay muchos más turistas y los loritos van camino de comerle el territorio a las palomas de Picasso. Por lo demás, la provisionalidad sigue marcando la vida de este espacio, donde sólo se nos ocurre levantar muros para evitar a los mendigos. No hay proyecto, ni ahora ni desde 2010, cuando se lo compraron a la promotora Baensa, que tuvo la osadía de intentar construir una urbanización de pisos de lujo.

Seis años después, el único apartamento era el que se habían hecho un puñado de infelices en el porche que cubría la entrada a las salas, y ya no servirá ni para eso. Seguiremos, por muchos años más, como nos gusta aquí, intentando que venga otro a sacarnos las castañas del fuego, sin que por el momento nadie se haya querido quemar los dedos.

Desde finales de noviembre, y durante 90 días (o sea, hasta últimos de febrero) Urbanismo ha puesto en marcha un concurso de ideas, con el que pretende recabar propuestas arquitectónicas y de uso, que además sean económicamente viables para que un privado lo pueda explotar. A ser posible sin quemarse. Lo que establece el planeamiento urbanístico vigente para la manzana es el uso comercial y social, y a la imaginación de los arquitectos queda el futuro del mamotreto.

Después de 21 millones de inversión pública y seis años de indecisión y deterioro, es irónico que los que nada tienen fueran los únicos capaces de darle un uso al solar, acaso como refugio del frío y de la vida. Desde ayer, no sirve ni para eso.

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