LA ROTONDA

Pateras de invierno

De la verja del puerto hacia el lado de tierra, la ciudad de las luces arde en la hoguera de las vanidades. Hay mucho que comprar y muy poco tiempo que perder. Desde la caravana, la ventanilla del coche enmarca un cuadro de abrigos que caminan acalorados, cargados de bolsas, pensando en lo mucho que falta y lo poco que queda hasta la madrugada del 5. Se acabó la tristeza y las tarjetas echan chispas. El maná de las rebajas por adelantado vacía perchas y estanterías, empaquetados por jóvenes que dan gracias por sus trabajos temporales de sueldo irrisorio. Es la Málaga de antes, de casi diez años antes, y ya no hay miedo al lobo del paro y el desahucio. 2017 arranca con alegría, ya veremos como acaba.

De la valla hacia el cantil del muelle, la Salvamar trae remesas de náufragos del sueño europeo. Más de 850 desde que empezó el año. Están llegando inmigrantes que hace mucho que no venían. Paradójicamente, o igual no tanto, desde hace una década. No hay invierno, ni temporal ni mar suficiente cuando lo que queda atrás es el hambre y la guerra. Para el que ya se daba por enterrado o cautivo, la muerte ahogado en el Mediterráneo no es, ni de lejos, el peor de los finales.

Cuando desembarcan, bajo las mantas de los ángeles de la Cruz Roja y Salvamento Marítimo, todavía sin poder controlar la tiritera de las mandíbulas potentes y los dientes blanquísimos, traen un mensaje para los pocos que lo quieran escuchar: lo que ocurre en Siria es una pena, no hay duda; pero no es ni de lejos la única, tampoco la peor de las guerras que mandan oleadas de refugiados camino de la opulenta Europa. Nigeria, Sudán, Mali, son lugares -cuesta llamarlos países- que suenan poco en las noticias pero donde se sufre mucho.

A los que llegan estos días de Gordo y Niño les ha tocado la lotería. No es poca apuesta la suya: 3.000 euros a vida o muerte en una barcaza en alta mar. Los centros de internamiento de extranjeros están completamente saturados, así que después de pasar por la comisaría o por el hospital, según como lleguen, puerta abierta y a correr. Ahora toca buscarse el pan de cada día con la negra desventaja del color y de no tener papeles. Al menos, aquí se mata menos, se viola menos, y hay buena gente de las ONG que ayudan con lo que pueden. Siempre quedará Alemania, a ellos y a nosotros.

El mundo que estamos dejando nos va a traer toneladas de carbón. De momento, deseo que mañana el Rey Baltasar les deje a todos muchos regalos. Suele ser el más generoso.

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