Diario Sur

LA ROTONDA

Navidad de luces

El viernes fue el breve ensayo del corte total en el Parque y la Alameda, y de la triple sesión del espectáculo de las luces de Larios. Salió bastante bien, lo del tráfico, claro, con pocas caravanas, y los ciudadanos literalmente ocuparon la calzada entre la calle y la glorieta del Marqués. Pero sólo unas horas después resultó que no, que algunos comerciantes se habían quejado y otra vez para atrás, como Penélope: los pases volvían a ser dos, más espaciados, y la circulación seguiría abierta, que santa es la Navidad pero más santo es el coche. Es la improvisación permanente en la que vive instalado el equipo de gobierno de la Casona, que parece que Málaga fuera ciudad gallega, pues nunca se sabe si viene o va.

Tampoco sorprende nada a estas alturas y realmente no es lo que más me importa. El caso es que aquella tarde de sesión vespertina, mientras miles de móviles con ojos detrás enfocaban a la cúpula de bombillas que reluce más que el sol, al ritmo de la disco Larios 54, a apenas unos metros más allá tenía lugar una escena mucho más interesante, e infinitamente más navideña. En la oscuridad de un soportal del cajero automático de un banco había tres personas que no seguían el show. Uno de ellos, el mayor, mendigaba con un vaso blanco de los de café para llevar en el suelo. Estaba sentado y tenía a un perrillo chico enroscado a su lado, que dormitaba sobre una mantita a pesar del estruendo. Llevaba una mochila y no vestía mal, así que supuse que era un vagabundo transeúnte solitario, de los que están estos días de paso por Málaga, que ya se sabe que el invierno es más llevadero aquí que casi en cualquier otra parte de Europa (salvo en Canarias, claro).

Junto a éste, una pareja joven, chico y chica, tampoco mostraba el más mínimo interés por lo que fascinaba a todos los demás, malagueños y autobuses de visitantes en tropel a las sesiones techno navideñas. Ambos se habían sentado junto a aquel hombre y conversaban amistosamente. No los escuché, pero me imagino que hablarían de la perra vida; de lo difícil que es tener un trabajo; poder pagar una vivienda; comer. Quizás, el viajero les relató un pasado próspero, una ruptura familiar, luego el paro y al final la calle, sin más (ni menos) compañía que el chucho. Y así, mientras la gente miraba embobada las luces de colores, muy cerca, como casi siempre, tres seres humanos vivían la Luz de la Navidad.

(Dedicado con dolor a mis amigos alemanes: Ich bin ein Berliner).

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