Diario Sur

Fabricante de lectores

Me preguntan a veces cómo organizar una campaña de fomento de la lectura y desde hace años respondo con la misma sugerencia: empiecen leyendo a Eduardo Mendoza. No falla. Juego con ventaja porque las apuestas a su favor llevan siempre las de ganar. Además de un formidable escritor, Mendoza es un fabricante de lectores de toda clase y condición, un infalible anzuelo para atraer hacia los libros a gente poco habituada a ellos. Es cierto que con 'La verdad sobre el caso Savolta' tuvo la fortuna de entrar en los programas de Literatura del Bachillerato, ese 'gordo' de la lotería que ha resuelto la vida a un manojo de afortunados escritores y salvado del olvido a otros tantos. Y algo parecido podría decirse de 'El misterio de la cripta embrujada' y 'El laberinto de las aceitunas', obras en apariencia menores que introdujeron el humor por la puerta grande en una novela española de los ochenta quizá cautiva de la solemnidad y necesitada de reírse un poco de sí misma. No era sencillo.

En la literatura española humoristas ha habido muchos y notables, pero pocos tan dotados como él para el manejo de esas dos herramientas tan delicadas como son la ironía y la parodia entendidas en su sentido genuino. Incluso en las novelas con más concesiones a la risa fácil -'Sin noticias de Gurb', por supuesto, o 'El asombroso viaje de Pomponio Flato'- logra Mendoza mantener un elegante distanciamiento que justifica todos los excesos, incluso los excesos de sal gorda y trazo grueso. Y, en la misma medida, sus novelas serias -con 'La ciudad de los prodigios' a la cabeza- están atravesadas de una fina comicidad que las hace creíbles y cercanas. Alguien ha destacado estos días el hecho singular de que Mendoza haya obtenido en las redes sociales una unanimidad en los elogios que ningún político, artista, celebridad o ídolo del deporte ha sido capaz de conseguir. Supongo que es gratitud. La de esas generaciones que lo pasaron bien leyéndolo en las aulas e imponen su criterio en el alborotado debate público.

Decir que Mendoza cansa o que incurre en el vicio imperdonable de imitarse a sí mismo -en 'El enredo de la bolsa o la vida' o 'El secreto de la modelo extraviada'- es ignorar los usos de las novelas folletinescas a las que tanto debe nuestro autor, casi tanto como a Cervantes. Son cervantinos su sentido del humor, su concepción libre y gozosa de la escritura, la comprensión con que se acerca al ser humano, su simpatía por los más débiles, la mirada perpleja que vierte sobre el mundo, el fino oído para el lenguaje, el sentido irreverente de la creación y, en fin, la maestría para descubrir el absurdo y el ridículo en las cosas más respetables. Eso, y que es un buen tipo. Qué mayor acierto que otorgarle el Cervantes a un fabricante de lectores como él.