Diario Sur

LA TRIBUNA

25 años de la prisión de Alhaurín

Hace 25 años una bomba terrorista en la antigua Prisión Provincial y una población penitenciaria autóctona de Málaga capaz de llenar cuatro prisiones tipo, propiciaron la apertura de 'la cárcel de Alhaurín', un hecho que transformó para siempre el bello pueblo del valle del Guadalhorce y se convirtió con el tiempo en un icono nacional, famoso gracias a alguno de sus mediáticos inquilinos.

La prisión de Alhaurín está muy mal señalizada. Tan sólo la encuentran de verdad aquellos que están perdidos. Sus módulos están dispuestos en forma de herradura, como buscando una suerte que antes escapó. Los pasillos constituyen el museo más exclusivo de Málaga. No es fácil acceder a visitarlo pero una vez que lo has visto nunca dejarás de mirarlo. Todas sus obras, de dispar calidad, son sin embargo auténticas. Están hechas por los presos. Sus ojos que antes se negaran a ver la realidad, ahora engendran pleamares diminutas y esas lágrimas explotan como un manantial irrefrenable donde algunos volverán a ahogarse y otros aprenderán a nadar. Parece que las goteras, hiperactivas cada vez que llueve, fueran gárgolas de ese alma herido, en fase de curación en el purgatorio, vomitándonos sus contradicciones.

El camino recto es como el tránsito por la prisión de Alhaurín. Un sistema de puertas enclavadas convierte en lento y tedioso cualquier intento de avance. Nos recuerda la importancia de la demora en la gratificación en el país de las satisfacciones inmediatas.

Este viernes 2 de diciembre se celebrará un acto lleno de autoridades a las que quisiera pedirles que al menos muestren respeto ante los empleados públicos de prisiones. Estos profesionales eligieron la 'auctoritas' (prestigio social) antes que su 'potestas' (poder que otorga un cargo político).

Están acostumbrados a que se les insulte sin defensa alguna de su imagen. La propia Ley penitenciaria los denomina 'abusadores y desviados', un sistema descerebrado invierte la carga de la prueba convirtiéndolos en sospechosos ante cualquier denuncia gratuita de los internos. No han recibido jamás una muestra de afecto sincero por parte de los dirigentes de la Institución, no hablemos ya de condiciones de trabajo: hHacer frente a un ejército de personas peligrosas sin personal suficiente, con unos medios coercitivos ridículos, sin desarrollo de su carrera administrativa, con permanente menoscabo de su poder adquisitivo. No es de extrañar que estos políticos tengan que agachar la cabeza cuando les preguntamos «¿Por qué no reconocen nuestro carácter de agentes de la autoridad como sucede en toda Europa?».

Muestren respeto, porque estarán ante personas importantes: el viernes acudirán sin hacer ruido las demandaderas, secretarias generales de la ilusión, cuando reparten cartas con corazones que hablan de una libertad futura. Las funcionarias de Interior a las que las presas llaman 'seño' y sus compañeros de vigilancia que se llevan a su casa cada problema, son los auténticos ministros del Interior. Los educadores son ministros de la magia, sólo ellos pueden ser ubicuos, estar a favor de los internos y en contra al mismo tiempo. Las trabajadoras sociales, directoras generales de lo imposible, gestionando toda ayuda que intente el milagro de la reinserción. Los psicólogos, domesticadores supremos de conductas. Los Juristas, Fiscales Generales del Estado sin dependencia jerárquica a político alguno, tan sólo a la justicia. El personal de oficinas, ministros de Administraciones Públicas, sin cuya intervención nada de lo anterior sería posible. Cada sanitario encierra un Ministro de Sanidad y cada maestro o monitora un ministro de Educación.

Para obtener estos títulos, ellos saben que tan solo necesitan una cosa: hacer bien su trabajo.

De todos los sentimientos que me embargan en este día hay uno que sobresale sobre los demás: el de agradecimiento.

Gracias a trabajar aquí puedo sentir el calor exclusivo que otorga el primer rayo de luz al salir del interior. Puedo hacer una pausa en la cafetería de funcionarios para recordar a los compañeros que se fueron o se jubilaron, siempre en nuestro corazón. Tener la experiencia casi mística que confiere la intimidad de una entrevista a corazón abierto con los internos. Enfrentar todos los días dilemas morales te hace mejor persona. Donde casi todo el mundo miente aprendes a diferenciar la verdad de la mentira, a escudriñar el vademécum de la desgracia para buscar el medicamento preciso y si no existe convertirte en un alquimista que lo inventa sin más trámites. Aprendes que merece la pena exponerse, ser etiquetado, ser incluso perseguido por defender a las víctimas, esas personas a las que nunca veremos, nunca abrazaremos, nunca consolaremos, pero con las que podemos llegar a tener una gran relación. Plantarse ante la injusticia es escribir un mensaje en una botella cotidiana, un voto particular permanente escrito aún a sabiendas de que nadie querrá leerlo. Hacer lo que debas independientemente del resultado que produzca. Sentirse feliz cuando una persona reeducada consigue reinsertarse. Saber que los sueños rotos tienen cura, que sólo estaremos realmente vivos mientras mantengamos nuestra capacidad para seguir soñando.