Diario Sur

LA ROTONDA

El heredero

El jeque Al-Thani se sigue comportando como el perro del hortelano con el puerto de La Bajadilla y a estas alturas resulta difícil encontrar a alguien que aspire a explicarse desde una óptica más o menos racional ese comportamiento. Desde que ganó la concesión para la ampliación del recinto, ayudado por el Ayuntamiento de Marbella gobernado por el PP y con el aliento de la Junta de Andalucía después de que un expresidente autonómico le abriera la puertas de los más altos despachos de Sevilla, no hizo más que dejar pasar el tiempo, hacer languidecer las ilusiones que despertó su llegada y convertir lo que hace apenas un lustro aparecía como la gran oportunidad para una transformación histórica de Marbella en una gran frustración colectiva y en una referencia obligada para cuando en el futuro haya que buscarle explicaciones al pesimismo ciudadano.

La inacción inicial del jeque se intentó justificar primero en que los conflictos de Siria y Libia, donde se supone que tenía intereses inmobiliarios, le habían secado la cartera y después, en que sus expectativas de construir un hotel se habían visto frustradas. Será difícil saber si había algo de verdad en lo primero, pero lo segundo no encuentra justificación. El hotel nunca fue rechazado de plano. Simplemente se le explicó que eso requería de permisos de administraciones diferentes de aquellas con las que había tratado y que el compromiso de ejecutar la ampliación del puerto que había adquirido debía cumplirse en los plazos previstos.

Si Al-Thani hubiese entendido que a partir de esa situación no le apetecía intentar conseguir el permiso y el proyecto ya no le interesaba tenía dos caminos. Uno era denunciar que alguien había incumplido un compromiso y ponerle nombre y apellido. Otro era marcharse y dejar su lugar a quien quisiera tomar el relevo. Desde el principio, con el anterior gobierno municipal de Marbella y con el actual, las oficinas municipales han sido un desfile de inversores y representantes de inversores que aspiraban a quedarse con el proyecto.

Para ello era necesario que Al-Thani accediera a vender sus acciones, pero el jeque no se comportó como un empresario que vio frustradas sus expectativas, sino como un rico heredero acostumbrado a ver satisfechos sus caprichos.

Tan pronto como se ejecute la decisión de la Junta de resolver la concesión, el proyecto habrá muerto y Marbella deberá esperar a que se convoque un nuevo concurso. El contador volverá a cero y la ciudad perderá años preciosos.

Sólo se podría evitar esa situación si Al-Thani decidiera comportarse como una persona adulta. Pero no quiere. Patalea como un niño malcriado.