Diario Sur

EL EXTRANJERO

Ciudad del Paraíso

Colgada del imponente monte, con calles ingrávidas, ciudad de sus días alegres. Así definía y así recordaba Vicente Aleixandre a Málaga, cogido de la mano de su madre caminando hacia el mar, la propia ciudad como una madre luminosa. El titubeante siglo XX y el niño Aleixandre daban sus primeros pasos. El futuro poeta descubría el mundo bajo los árboles de la Alameda, por los alrededores de eso que hoy se llama Soho y a través de las imágenes que descubría desde el balcón de su casa, situada en la calle Córdoba -entonces Carlos de Haes-. Así fue desde 1900 a 1910. Aquella ciudad portuaria, acanallada, fulgurante y viva marcó de forma indeleble al poeta, que generosamente evocó ese tiempo en el poema 'Ciudad del Paraíso'.

El poema, además de un vibrante homenaje, significó un lazo imborrable entre la Generación del 27 y Málaga, entre la poesía de aquel grupo de vanguardia que tomó esta ciudad como una de sus coordenadas indispensables y que vino a publicar en la imprenta Dardo muchos de sus libros. Las excursiones al Peñón del Cuervo, los veranos malagueños de Lorca, las visitas reveladoras de Alberti, la última residencia de Jorge Guillén, la impronta que los poetas malagueños -Manuel Altolaguirre, José María Hinojosa, Emilio Prados, Moreno Villa- dieron a esa generación, todo eso tiene en el poema de Alexaindre un broche, un símbolo dentro de uno de los momentos más brillantes de las letras españolas. Ante ese hecho, Mariano Vergara, al frente de la empresa de gestión cultural Esirtu, ha emprendido la iniciativa de pedir que el famoso poema se grabe en piedra y se coloque en un lugar destacado de la ciudad.

Una ciudad que ambiciona tener la cultura como referente social y turístico no debería dejar caer en vano la propuesta. No sólo por el lujo que supone mostrar el homenaje que le dedicó un premio Nobel sino porque la poesía y la literatura han tenido un lugar muy destacado en la historia de Málaga. Y en esta especie de renacer cultural, donde los museos, las pinacotecas o el cine tienen un lugar de preferencia no debería arrinconarse el inestimable legado de sus escritores simbolizado en el poema de Aleixandre. Gestos de ese tipo compensarían ese otro concepto de ciudad y de turismo que parece basarse en la visita apresurada, la pasada de puntillas por un museo y la desquiciada saturación de bares y chiringuitos que se adueñan del centro de la ciudad como una plaga capaz de desalojar librerías o asfixiar cualquier proyecto que se salga de la cuadrícula de la hostelería. La escultura de la mano/paloma de Rafael Pérez Estrada, la estatua de Andersen y algunos otros mínimos restos de escritores deberían empezar a ser reforzados con la placa que en estos momentos se pide para el poema de Vicente Aleixandre. Si en verdad ésta fuese aquella ciudad elevada que imaginó el poeta ahora le correspondería con generosidad, no sólo a él, sino a la vertiente más noble de sí misma.