Diario Sur

LA ROTONDA

Cuatro gotas

En Málaga, la solemnidad del discurso oficial sobre las infraestructuras y todo su 'tachín-tachín' se disuelven en cuanto caen cuatro gotas. Y no porque no podamos presumir de red viaria. Claro que tenemos unas carreteras, entre las rondas y las dos autopistas, que han transformado Málaga en algo que poco se parece ya a aquella joven provincia sureña de hace poco más de dos décadas que aspiraba a bailar la danza de la modernidad. Eso es incuestionable. Lo que no está tan claro es si esa transformación fue pareja a otros cambios que la propia evolución exigía. Málaga volvió a sufrir la pasada semana un colapso total del tráfico. Y es que buena parte de la población, la que reside en la Costa oriental y en el extremo de la occidental a partir de Fuengirola, está condenada a coger el coche si trabaja o se desplaza a la capital.

Pero es que ya sabemos que la memoria suele ser frágil. En tiempos de prosperidad, esos en los que tu amigo del banco te tendía a la vez la alfombra de la oficina y la trampa de la hipoteca, a varias generaciones nos empujaron a instalarnos en el área metropolitana. Eran, lo recordarán, aquellos felices años del adosado junto al campo de golf en Alhaurín, Rincón de la Victoria, Benalmádena o Torremolinos.

Y ese sistema que abrazaron sin complejos constructores y ayuntamientos acabó disparando las ciudades-dormitorio. Pero el modelo se quedó a medio hacer. Comprueben, si no, dónde están clamando por centros de salud o institutos veinte años despues del inicio de aquella burbuja. Y miren si no coincide con los destinos donde se producen reiteradamente esos atascos porque no hay un transporte público alternativo rápido y de calidad.

Ahora que el metro ha derivado en un debate sobre tranvía, 'metrobus' u otras fórmulas que más bien parecen imitar a Göteborg, Amsterdam, o a un tipo de ciudad que nunca seremos, conviene recordar la vocación metropolitana con la que nació este proyecto. Aún se puede ver en la primera estación, la de Palacio de Deportes, un enorme muro negro que, a modo de esperanza fantasma, nos recuerda que soñábamos con vertebrar Málaga de este a oeste y seguir hasta Torremolinos. Fue célebre, también, aquella campaña del PP para llevar el metro hasta Rincón, con su entonces alcalde, Francis Salado, a la cabeza.

¿Y el tren litoral? Hace ya más de dos años que Ana Pastor, a la sazón ministra de Fomento, se comprometió en un foro de SUR a impulsar la conexión ferroviaria de toda la Costa. Esa macrolínea aliviaría el tráfico rodado de la provincia y nos evitaría esa estampa recurrente de atascos en los accesos a Málaga cada vez que llueve. O cada verano. Ahora que la política vuelve del vodevil a la gestión, no estaría de más coger de nuevo esa bandera. Antes de que cuatro gotas nos dejen otra vez el progreso chorreando.