Diario Sur

INTRUSO DEL NORTE

El alumbra(d)o

La ciudad está alegre, y yo estoy triste, con mis muertos en sueños. Y con mis vivos y con mis activos moribundos, casi que más que muertos allá en Hacienda. Y sin embargo, algo brilla con elegancia y buen gusto. Un cielo gótico y navideño le hace el palio a calle Larios, y me alegra esta noche que viene a ser de sábado, de sábado sin novia y tirando a domingo sin fútbol. Me gusta el alumbrado de calle Larios, sí; tiene algo muy europeo y muy nostálgico que es bello. Bello tanto en conjunto como en 'selfie'. Yo no puedo hablar del síndrome de Stendhal desde mi redescubierta dualida de poeta y de simio, que es lo que yo soy en este noviembre que tira a muerto y a pino en bolas decembrinas.Pero entiendo de belleza. Sucede que no me canso de ser hombre, a pesar de Neruda.

Hombre en Larios. Es Larios como una Grand Place, es una Quinta Avenida... Quien la critique, a mi Larios iluminada, lleva dentro el espíritu del Scrooge de Dickens: algo que, trasladado a estas latitudes, no deja de ser ese 'malaferia' que 'aguachirla' los cafeses, y que sale de madrugada al Paseo Marítimo y en chándal, como el finado Castro: por cruzarse solamente con los gatos que le saludan.

Estos días de noviembre hemos visto un piano desvencijado, casi con algas, amanecer en la orilla. No he querido ahondar más en el hecho, pues ya decía el padre Juan Ramón Jiménez que no le tocasen la rosa, 'leches'. Ni la rosa, ni el piano que vino a morir en las calas del Cuervo. Y qué bella metáfora, qué bella fotografía ésa de un instrumento emergido -oh sirena con sardinas melómanas- que vimos en este periódico. Atrezzo, cuentan.

Uno, este intruso, vaga por las cartografías de España y ve ciudades donde junto a una catedral abren un centro comercial, y ve plazas mayores a las que colocan un abeto ralo entre callejones que huelen a orín bajo la niebla. Por eso nuestro alumbrado no huele a pescaíto ni a endogamia, sino a una Europa que viene a dejarse los cuartos. Madrid, por citar el ejemplo más cercano, no cambia la iluminación desde aquella película de Pepe Ysbert y Alberto Closas. Nosotros somos la luz del Mediterráneo, que es lo cuentan por las américas en los heraldos. A falta de nieve, la ciudad se abre como una postal.

Bajo yo de las pardas tierras de León, con una nevada descafeinada, y veo la luz de Málaga y veo la vida. Mi luz más querida fue apagarse en diciembre, pero niño, oye, escucha... con este 'alumbrao' es imposible ser infeliz y babear. Lo bello es bello. Y así ese piano náufrago por cerca de La Cala, y así ese alumbrao por Larios....

El resto, los matices de lo bello, van por ahí: un politiqueo vacuo y de trapillo.