Diario Sur

LÍNEA DE FUGA

Somos nosotros

Sólo gasto una red social, pero me entrego a ella con el furor de un converso. He llegado hasta ahí desde el desdén hacia quienes se pasaban el día pendientes de las notificaciones, las actualizaciones y los etiquetados. Ahora me descubro consultado mi perfil en el móvil durante la cuenta atrás para que el semáforo cambie a verde, frente al microondas mientras espero el calentamiento global de un plato, incluso en el cuarto de baño, en circunstancias no siempre ergonómicas. Y mientras me tomo en serio mi propia desintoxicación, caigo en la cuenta de que, exceptuando a un grupo no muy extenso, resulta infrecuente que alguien responda mis aportaciones. La mayor parte de las interacciones consisten en repicar el mensaje o decir que les gusta. Y se agradece mucho, que conste.

Sin embargo, esta semana ha habido varias excepciones. Muchas, para lo que estoy acostumbrado. El lunes se sabía que el Museo de Málaga abrirá el 12 de diciembre y hubo un torrente compartido, pero apenas respuestas. Al día siguiente lanzaba que ese museo ampliará su plantilla con 68 nuevos trabajadores y durante el resto de la semana muchos me ha preguntado dónde podían echar el currículum. En todos los casos detallaba -lo ponía dentro del texto de la noticia- que se trata de plazas para trabajadores ya vinculados la Junta de Andalucía, o bien funcionarios o bien personal laboral de la Administración autonómica. Y venían luego otros a preguntar de nuevo. No recuerdo esa respuesta cuando se abrieron otros museos hace no tanto. Y tengo una teoría: creo que mucha gente acaricia el sueño de poder trabajar en el museo de la Aduana porque percibe en él una seguridad, un afán de permanencia, mayor al de otros proyectos culturales instalados en la ciudad. Y creo que tienen razón, aunque también pocas posibilidades de labrarse ahí un futuro laboral.

El Museo de Málaga es nuestro desde la justeza literal de su propio nombre. Es el espejo donde mirarnos, donde asomarnos a nuestro pasado y contemplar nuestra riqueza artística y patrimonial, desde los neandertales que anduvieron por aquí hasta casi anteayer. Porque el Museo de Málaga expone nuestra propia historia a través de una colección inmensa, irregular por momentos, pero nuestra. Ni prestada ni alquilada ni cedida. Nuestra. Con sus aciertos y equivocaciones, con sus hallazgos y decepciones. El museo será nuestro desde el propio edificio, abierto en su planta baja como una plaza más de la ciudad. Cualquiera podrá cruzar el palacio de la Aduana, sentarse en sus bancos sin respaldo, contemplar los naranjos, las galerías de piedra, los bustos coronando el atrio interior. Y después, quizá, pasar a las salas.

Claro que el museo de la Aduana también es nuestro como nuevo ejemplo de nuestra eterna vocación adolescente, con su indolencia injusta y desmemoriada. Hay quien preguntaba esta semana por un trabajo en el museo y quien preguntaba -en mi modesto caso han sido varios- qué tendrá ese museo de interés. Omitían, quizá por un rescoldo de pudor, la coletilla «A estas alturas, con tantos museos donde elegir». Al fin y al cabo, el Museo de la Aduana es el último -por ahora- cuando debió ser el primero, la base sobre la que levantar nuestra identidad artística. La conquista del principal edificio de la ciudad para uso cultural es uno de los pocos motivos de orgullo que ofrece nuestra propia capacidad de movilización, así como el largo historial de decisiones y omisiones que han motivado su desamparo durante dos décadas ilustra también nuestra querencia por empezar la casa por el tejado, por pillar un atajo cuando se trata de tomar un camino, por fijarnos en la marca antes que en la talla de las prendas que nos visten el paisaje cotidiano. Y en estas decisiones cruciales tomadas a última hora, apenas tres semanas antes de la inauguración, también está nuestra esencia atribulada y un poco frangollona.

Porque quizá el museo no es sólo nuestro. Es también nuestro reflejo. Somos nosotros.