Diario Sur

carta del director

Política de verdad

Hay algo peor que considerar la política como un juego. Y es convertirla en un juguete con el que pasar el tiempo, echar unas risas o creerse alguien importante. Y en el Ayuntamiento de Málaga -también en el Parlamento de Andalucía- ocurre, demasiadas veces, que sus plenos recuerdan a un jardín de infancia, con los grupos enredados en asuntos que nunca se terminan y, lo peor, que rara vez conducen a algo positivo o práctico. Desde que comenzó la legislatura municipal, y ya va para dos años, los concejales andan subidos en una noria que no cesa de girar sin moverles del sitio. Es difícil encontrar un proyecto que haya salido adelante, porque casi todas las iniciativas están empantanadas y atascadas en la aritmética municipal, en el enfrentamiento con la Junta de Andalucía o en la falta de recursos.

Es verdad que el mayor responsable de la Casa Consistorial es el alcalde, Francisco de la Torre, pero tampoco pueden quedar indemnes el resto de los grupos municipales, sobre todo porque para que haya pactos lo esencial es que haya interés en alcanzarlos por todas las partes. Hubo otro tiempo en el que se hacía política de verdad y los políticos apartaban sus diferencias ideológicas para hacer frente común y buscar soluciones a proyectos trascendentales para la ciudad. Ocurrió con la Ciudad de la Justicia, con el Palacio de los Deportes, con la compra del estadio de la Rosaleda, con la demolición de la Casa de la Cultura, con el Plan Turístico de Málaga o con la aspiración, hoy conseguida, de convertir la Aduana en museo. En aquellos tiempos, nombres como los de Luciano Alonso, José Asenjo, Celia Villalobos, Joaquín Ramírez, José María Martín Delgado o Manuel Atencia eran capaces de aparcar diferencias y sentarse en una mesa para sacar iniciativas adelante. Frente a la disputa partidista siempre quedaba una relación personal que nunca traspasaba la línea roja del respeto y, yo diría, con cierto afecto. Habría muchos episodios que contar para describir cómo se movían hilos y cómo eran aquellas reuniones que hoy son impensables. Entonces se percibía una sensación de interés común, de frente malagueño, que en estos tiempos se diluye en el rifirrafe permanente.

Hoy se ha perdido esa forma de entender la política. De otra forma no se comprende la incapacidad general para hallar una salida al problema del metro de Málaga, para planificar un modelo de servicio de limpieza de la ciudad o poner en marcha la integración del cauce del río Guadalmedina, el tren del litoral o el proyecto del Astoria. Sus señorías, hoy, no entienden la colaboración como parte de su misión política, quizá porque su visión es demasiado corta.

Sería maravilloso, casi enternecedor, que un día de estos cualquiera de ellos se levantara y dijese: vamos a hacerlo juntos. Pero de verdad, porque también es cierto que hay algunos artistas especializados en decir una cosa públicamente y luego, en privado, socavar cualquier tipo de acuerdo. Es posible; sólo es cuestión de decisión y actitud. Y cuando se observan los resultados, como en el ejemplo del Caminito del Rey, donde existió y existe colaboración institucional, uno se convence aún más de la trascendencia de ese cambio de mentalidad.

Cuántos proyectos, hoy paralizados, podrían salir adelante sólo con un poco de trabajo en equipo, de responsabilidad y de interés por mejorar la sociedad en la que vivimos. Claro que, visto lo visto, quizás es pedir demasiado.