Diario Sur

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Pena de muerte

Desde hace muchos años hay un acuerdo casi general en la humanidad para desterrar la pena de muerte, sea cual sea la conducta a juzgar. A pesar de ello, esta práctica ancestral mantiene su vigencia en muchas circunstancias y lugares. El desprecio por la vida es una de nuestras características, así lo explican las guerras, así es la amenaza indesmayable del terrorismo, sus acciones y sus protagonistas, o qué decir de la muerte infligida por la pareja un día sí y otro y otro. Se puede escribir sin parar de ejemplos en los que la vida es arrancada de cuajo siempre por quienes se sienten en postura superior para ello, sea cual sea la causa. De todos es sabido que el pensamiento moderno abolicionista occidental aún no es tan generalizado como para que no siga vigente en algunos de los estados USA.

Pero hay muchas penas de muerte, muchas y distintas. Y siempre la muerte es cruel, aunque sólo sea por tratarse de ella, tenga lugar el óbito del modo, la forma o las circunstancias que sean. «Cerraron sus ojos, que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron.» (Bécquer en sus 'Poemas del alma').

Periodista, economista, funcionaria, rotunda, formal, simpática, socarrona, valenciana, honesta y austera. Rita Barberá Nolla nació en Valencia y fue una persona especial, así la reconocieron los más, que la querían, y así fue perseguida por muchos de aquellos que más allá de razones ideológicas odiaron su sonrisa y su éxito. Convertir los sentimientos en razones, o las aspiraciones políticas en acoso y derribo del adversario, no está en ningún tratado de ética política ni social. Sin embargo, nosotros los españoles lo hemos practicado mucho a lo largo de la historia y todavía lo hacemos. Rita Barberá había declarado voluntariamente ante el Tribunal Supremo 48 horas antes de su muerte. Lo hizo por cuenta de una acusación de blanqueo de un importe de mil euros, una causa chocante y una cantidad extravagante. A nadie se le escapa que en su caso no había caso, que nada podía probarse, que suponer la comisión de un delito cuyo objeto es marginal y adjudicar una conducta aviesa y rebuscada para poder conseguir tan pírrico logro es desproporcionado y absurdo. Ello sea dicho aparte de la vociferante e insistente filtración del Supremo de que el asunto iba a ser archivado de inmediato.

La crisis y los casos de corrupción política, que han sido noticia estos años en España, han creado una desazón entre los ciudadanos que ha dado lugar a la aparición de santones capaces de neutralizar todo mal con su oportuna palabrería. A la luz de todo ello, intereses políticos, mediáticos o económicos de tirios y troyanos, convirtieron en un infierno los últimos meses y hasta los últimos días de Rita Barberá. Se diga lo que se diga, cada cual con su responsabilidad, el auténtico acoso de medios y fotógrafos apostados cada día ante la casa de la senadora Barberá, desde la mañana a la noche durante meses, es incalificable y no tiene ninguna explicación presentable. Tampoco la referencia, con comentarios negativos a diario, de televisiones, medios digitales y de papel, aún sin la aparición de noticias, pues es más un «te vas a enterar» que un «voy a informar». O, en esa suposición de la suposición, en medio de una hostilidad más allá de la política -personal-, en la que el excesivo jefe de Podemos llega a afirmar que no irá a saludar al Rey para no guardar la misma cola que Rita Barberá.

Escritos y vividos también quedarán los hechos o falta de ellos de alguno de los que fueran sus compañeros; no se puede acudir siempre en auxilio del vencedor, es demasiado fácil y no tiene el más mínimo valor.

Nadie puede saber la causa de la causa que lleva a fallar para siempre a un corazón sano. Rita Barberá siempre tuvo buena salud y de ello tuvo fama. Hoy sabemos otra vez que esta sociedad -la nuestra- es también muy dura e ingrata, que el daño que la maledicencia, la arbitrariedad y la conveniencia o el egoísmo pueden llegar a hacer es casi ilimitado. Nadie es invencible, ni siquiera Rita Barberá, una política grande, valenciana, española y honesta a carta cabal.

«¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna, aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.» G. A. B. (Rimas).