Diario Sur

Pedradas en el alma

En ocasiones hemos podido ver imágenes de lapidaciones de mujeres en algunos países de África o de Oriente Medio. No conozco a nadie que no se horrorice de semejantes prácticas, ni a nadie que no condene a los gobernantes de los países en los que se llevan a cabo, y todos nos sentimos reconfortados de vivir en sociedades avanzadas en las que cosas así no pueden pasar. Y, sin embargo, pocas veces he escuchado a nadie mencionar a los que tiran las piedras.

En el pasaje evangélico, Jesús consigue evitar la lapidación de la mujer adúltera de una forma verdaderamente sorprendente. No afirma que esté mal la ley que establece la lapidación como castigo por el adulterio, sino que les dice a los lapidadores que si están libres de pecado pueden tirar la primera piedra. Hoy, en nuestro país, algunos sectores de la política, de la opinión pública y de la opinión publicada, acusarían a Jesús de propiciar un pacto de corrupción: «como todos estamos manchados mejor nos tapamos entre todos las vergüenzas».

Resulta interesante el final de la historia evangélica. Se van todos los de las piedras, porque han hecho examen de conciencia y saben que también ellos se merecen unas cuantas pedradas, y se queda Jesús, que está limpio. Sin embargo Jesús no se apunta al radicalismo y apedrea a la mujer adúltera, sino que le dice que se vaya tranquila. ¿Por qué Jesús no apedrea a la mujer? ¿Sabe que la mujer es inocente?¿Aprueba el adulterio? ¿Lo rechaza pero le parece que el castigo es excesivo? Nunca lo sabremos. Siempre he pensado que en este caso Jesús es un inocente preventivo, quiero decir, que sabe que si no tiras la piedra te estás ahorrando un error que ya nunca podrías reparar. Dicho de otro modo, Jesús había llegado limpio de conciencia a ese momento de su vida precisamente porque no estaba dispuesto a matar a pedradas a nadie. Coger la piedra te descalifica para tirarla.

Hace unos años, en 2007, el Centro de Investigaciones Sociológicas preguntó en una encuesta si, en caso de error judicial, es peor condenar a un inocente o dejar libre a un culpable. El 62% de los entrevistados respondieron que lo peor es condenar a un inocente, y el 23% respondieron que lo peor es dejar libre a un culpable. Si los números siguen siendo parecidos, podemos albergar la esperanza de que somos una sociedad bastante decente, pero también tenemos motivos para estar preocupados, casi uno de cada cuatro de nuestros conciudadanos y conciudadanas están dispuestos a asumir el coste de condenar injustamente a una persona inocente. Por razones distintas, o no, algunos políticos y periodistas sin escrúpulos, incluso antes de que los jueces siquiera encuentren indicios delictivos de ningún tipo, castigan a los culpables antes de que sepamos de qué se les acusa. Y un buen número de voluntarios disparan cada día sus tuits insultantes y descalificadores, muchas veces ocultando sus identidades, como pedradas que golpean la reputación de su prójimo. Es verdad que sus golpes son virtuales, pero también lo es el alma de la gente que los recibe.