Diario Sur

HABLAR Y VIVIR

El abuso del contexto

Una manera de dignificar o elevar lo propio, al menos así se considera, es denigrar o rebajar lo ajeno. El mecanismo es muy burdo pero eficaz. Si repasamos el refranero encontramos estructuras que se aplican en dos pueblos vecinos con significados claramente despectivos; no solo estructuras, motes. Los de ahí al lado son unos., y ahí aparece el vocablo que desacredita: los muertohambre, los charnegos, los baldaos, los cagones, los babosos y puedo seguir ad infinitum.

Estas formas se corresponden con tópicos establecidos en la conciencia de los hablantes desde generaciones. Los catalanes son tacaños, los vascos son brutos, los castellanos son sobrios, los gallegos son tristes, los aragoneses son cabezones y los andaluces son vagos y alegres. Sería una cuestión casi metafísica analizar la verdad o mentira de esos calificativos. Personalmente creo que son opiniones burdas y simples con el fin de reafirmar las propias virtudes. Tocan fibras primarias, muy emocionales y lo estamos viendo con el riesgo que implica.

El lema de Trump se basa en ese orgullo y en esa superioridad del pueblo americano que se ha perdido, en su criterio, y que hay que recuperar a toda costa. Este axioma, absurdo desde todos los puntos de vista es el de los populismos y el los nacionalismos, es la base de políticas que han llevado a la tragedia.

La superioridad justifica la insolidaridad y el lenguaje encuentra argumentos para justificarla. Es claro que existen tierras fértiles y áridas, zonas más ricas y otras más pobres y que la solidaridad es clave para la igualdad y el progreso del conjunto; por desgracia, no es así.

En pocos días hemos escuchado declaraciones que no dejan en buen lugar a los andaluces. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha afirmado que con los impuestos de su comunidad se pagan la sanidad y la educación de Andalucía. El texto es: «Los madrileños están pagando 3.000 millones de euros para que los andaluces tengan sanidad, educación y demás». De inmediato, como es natural, se abrió la caja de los truenos y se produjeron las declaraciones políticas y también se desató el humor en las redes sociales. Así leemos: «Los andaluces bendicen ahora la mesa dando las gracias a Cifuentes por estos alimentos que vamos a comer» y «Con el dinero que ahorro porque la Comunidad de Madrid me lo paga todo voy a comprar un segundo yate».

La presidenta recurrió a una palabra que está gastadísima, la palabra contexto. No se me ha entendido bien, no se ha tenido en cuenta el contexto. Un exagerado diría que son miles los casos en los que se emplea esta argumentación. Es curioso que en lugar de aceptar el error. No olvidemos que el que tiene boca se equivoca. En lugar de decir lo siento, se recurre al manido contexto.

Palabra del latín 'contextus' y que en los primeros usos documentados no se refieren al uso actual. Hay ejemplos desde el siglo XVII donde contexto es enredo y tejido de cosas que se entrelazan; así aparece en Feijoo y en Candamo, por ejemplo. Actualmente tiene dos acepciones: «Entorno lingüístico del que depende el sentido de una palabra, frase o fragmentos determinados» y «Entorno físico o de situación político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el que se considera un hecho».

Dos niveles, el de la lengua y el de los hechos; ambos determinan el significado del mensaje y, por supuesto, se pueden producir desajustes que compliquen las intenciones del emisor y la que se desprende del mensaje. Pero no tanto como para explicar esas salidas de inconsciente del emisor.

Otra palabra a la que se ha aludido estos días es besamanos para referirse al acto de protocolario de saludar al rey después de la solemne ceremonia de apertura de las Cortes. La ignorancia es un océano o una galaxia. Salvo por mala fe se puede criticar. El acto físico de besar la mano ya no existe y, por lo tanto, o se sigue empleando la palabra como un arcaísmo o se la sustituye y no pasa absolutamente nada.

Claro está que el mensaje real ha sido comentado, que no analizado, desde todos los puntos de vista y según los intereses particulares de cada opción particular o política. Lo que no he leído ni oído es que el discurso es un texto relativamente libre. No sé si, como en el Reino Unido, el discurso lo escribe el gobierno de turno y su Graciosa Majestad se limita a leerlo con algunos toques. Creo que no, que por estas tierras, es fruto de un acuerdo entre la Casa Real y el Gobierno. Lo evidente es que el discurso de la corona no puede contener nada contrario con las líneas políticas del gobierno, ese sí que es un contexto determinante, más bien, un imperativo.