Diario Sur

El gerente del frío

Mediados de noviembre. 8:30 de la mañana. Temperatura exterior de 10 grados centígrados. Arranca el autobús interurbano para un trayecto de algo más de dos horas y, de repente, un chorro de aire frío sale de los orificios superiores, directo a tu cabeza. Lo primero que piensas es que el sistema de calefacción del vehículo está averiado, aunque el optimismo te dice que el motor necesita unos segundos para calentar el aire. Pero pasan los minutos y el aire sigue antártico. Los pasajeros nos envolvemos en las prendas de abrigo. Tiritera colectiva. El instinto te sugiere que hagas una fogata en la papelera para caldear un poco el ambiente, pero el sentido común dictamina que sería peor el remedio que la enfermedad: gaseamiento. El conductor lleva un plumífero, lo que descarta la hipótesis de que se trate de un ser de naturaleza hipertérmica, de modo que se afianza la hipótesis de la avería.

En la primera parada, y saltándote el requisito de un acuerdo asambleario, le preguntas si podría quitar el aire antes de que el pasaje coja una pulmonía. Te mira con extrañeza: «¡Pero si está al mínimo!». En tu sistema neuronal se produce uno de esos cataclismos intelectuales en los que se basa el éxito del teatro del absurdo: noviembre, aire acondicionado, pero al mínimo, eso sí, cabe suponer que para que los 10 grados del exterior tengan la oportunidad histórica de descender a cinco o seis, que es lo suyo. Inevitablemente, las conjeturas se te disparan, porque el frío activa la circulación sanguínea. ¿Será el conductor un esquimal? ¿Será el integrante de una secta partidaria de una nueva glaciación?, ¿Será el lugarteniente gaditano de Fu-Manchú, enemigo principal del género humano? Comoquiera que el conductor se muestra amable, te inclinas por la primera: se trata sin duda de un esquimal desterrado, con nostalgia inconsolable de su terruño, y de ahí ese afán por reconstruir el clima nativo en su lugar de trabajo. «¿Podría poner usted la calefacción para que se derritan los carámbanos del techo?», le preguntas. Su respuesta adopta un ligero tono oracular, como de directivo de la NASA: «No está previsto». Es decir, en esa compañía de transporte está previsto el frío artificial en pleno noviembre, pero no el calor artificial para combatir el frío de noviembre. De modo que te das por vencido, porque sabes que si sigues dialogando a la manera platónica con el conductor, corres el riesgo de padecer daños cerebrales irreparables, y no precisamente por congelación.

Hicimos el trayecto, en fin, con mucho frío, aunque con talante heroico.

Lo curioso es que desde aquel día padezco una pesadilla recurrente en la que al conductor glacial lo nombran ministro de Industria. Pero me digo que los sueños sueños son. Aunque me inquieta lo otro: aquello de que la vida es sueño. Y ahí ya me hago un lío.