Diario Sur

LA ROTONDA

Cerrar los ojos

Ardo en deseos de que llegue el día en que una buena lectura, acompañada de fondo por alguna deliciosa melodía de Vivaldi o Mozart, de Beethoven o Falla, de Bach o Chopin -perdonen la cursilería, pero es un guiño a Pedro Aparicio-, y acomodada en el sillón que guarda vigilante mis sueños, colme ese tiempo infinito en el cual la edad cobra una vida diferente. Ese júbilo que dicen sentir aquellos que han cumplido su etapa de trabajo debe ser maravilloso si tienes metas a las que aspirar y objetivos que cumplir, ya que el aburrimiento debería estar prohibido cuando las hojas del calendario se asemejan a un mustio otoño cuyos pámpanos son pisoteados al caminar. El hecho de ambicionar un tranquilo futuro es lo que mantiene diligente el presente.

Y a veces tienes que hacer un tremendo esfuerzo por mantener viva la llama de la esperanza. Porque esa ilusión por un tiempo mejor es lo que falta en esta sociedad que adjetiva hasta los delirios más ruines. No hay más que leer el periódico para darte de bruces con la realidad. Pobreza económica, pobreza espiritual, pobreza energética. ¿Cuál es peor? ¿Por qué esa diferencia? ¿Cómo es posible que esta sociedad tan avanzada, tan adelantada tecnológicamente, permita aún que la convivencia esté tan marginada y tan aliada con la maldad intrínseca del ser humano? Porque la bondad existe, no lo dudo, pero está tan oculta que en numerosas ocasiones no se atreve a irrumpir.

Los casos de los dos bebés muertos en nuestra provincia -tan cercanos uno del otro que nos estremece hasta llegar a perder el sentido-; el fallecimiento de ancianos cuya única luz en su vida es la de una vela que prende su angustiosa existencia, marcada por la soledad y la indiferencia; los malos tratos a mujeres cuyo único error es haber depositado todo su amor en la persona equivocada; el abuso a niños desamparados a los que la vida lastima varias veces de forma tan temprana que les impide, por ello, conocer la placentera ternura de la edad de la inocencia...

Desde luego que muchas veces es mejor cerrar los ojos porque, allí donde miras, la malicia se expande como lava de un volcán en erupción. Vivimos tiempos complejos donde hasta soñar causa pesadillas, pues no aciertas a distinguir el acierto de la equivocación. Ya se sabe que toda ayuda es poca, pero en ocasiones parece como que nos olvidamos de que la solidaridad no tiene vacaciones. Y lo peor es que el sufrimiento ajeno nos resbala por el alma hasta llegar a ignorarlo por un egoísmo mal entendido que solo nos conduce al abismo de la incomprensión.