Diario Sur

Los muertos de España

Tiene España una capacidad olímpica de tirarse los muertos a la cara. Se supone que este impulso de hacer justicia con la muerte de otros se debe a que no hay noticias de que se pueda hacer justicia, ni nada, después de la muerte propia. Un muerto es una ocasión de quedar mal, de perderse por la boca, de caer en el impulso desmesurado de la exaltación y hacer una tontería.

Ayer le tocó a Rita Barberá el turno de irse, que es un paso que tenemos que dar todos algún día, aunque su caída, por trágica que fuera, como todas, tuviera cierto interés circense. Primero, porque el final físico y el final político venían de la mano; fue un final sinfónico. Segundo, porque murió atrincherada y sola en un hotel de lujo, que es como mueren las estrellas del rock. Y después de declarar ante el juez, que así se muere en películas. Una renegada. No la cogerían viva. Recuerdo a Rita Barberá como una diosa del exceso proclamando cosas con esa voz metálica, honda y masculina, como de altavoz, una voz que siempre se me antojó hecha de los lamentos de cien mendigos. Lo peligroso es valorar al fallecido en caliente, probar cómo le queda a uno el duelo. España siempre se está probando la realidad para ver cómo le queda el traje y allá van los de Podemos a quedar como Cagancho en La Línea. Qué feo irse de cualquier minuto de silencio y qué ocasión perdida de demostrar algo de grandeza, que es una cosa que siempre se prueba con el contrario. Quizás el empeño adanista de Podemos de poner a cero el Regimen del 78 incluya dinamitar las mínimas normas de educación.

El gallinero de las redes alimentado por Villalobos Desencadenada quien achacó a «los tuiters» haber condenado a muerte a la senadora, resulta lamentable. Preguntado por el deceso, Pablo iglesias nombró incluso a la anciana de Reus, pero está mal comparar a los muertos. Cualquier muerte es triste. Incluso cuando se dice: «bien muerto está» del asesino, también se dice demasiado. Nadie está bien muerto, o quizás lo estemos bien todos, porque si no aquí no se cabría de tanta gente. El conjunto resulta un despropósito. Ha acertado su familia al pedir que no acudan a los actos fúnebres representantes políticos de cualquier color. Los ataúdes y la política no se llevan bien. Por algo, después de un deceso se guarda un minuto de silencio. Debería durar más.