Diario Sur

GOLPE DE DADOS

La cacería humana

Ayer me levanté con la noticia del fallecimiento, a causa de un infarto, de la exalcaldesa de Valencia Rita Barberá. Me vino a la cabeza aquel verso de Severo Sarduy: «Ahora la muerte se lo ha llevado todo», y para qué negarlo, sentí una enorme piedad por esta mujer que ha sido víctima de una cacería humana, con la paradoja de que entre los cazadores más avezados se encontraban esos tiernos alevines de su propia formación, quizá ansiosos por ocupar cargos que mantienen bloqueados la generación anterior, con un pasado que no es para ellos experiencia sino lastre. Ahora pienso en el progresivo desprestigio de los políticos cuyo arte parece reducirse a un alud de denuncias y contra denuncias sutiles y misteriosas, «el famoso y tú más», que ha llevado a jibarizar, de forma patética, la vieja relación entre política, honestidad y educación. Entiendo que para permanecer en política, con cierta inmunidad, hay que ser frío y algo hipócrita y amoral. Maticemos: no todos los políticos son así, los hay peores, véanse los chorizos de cantimpalo, los profundamente ignorantes, y los demagogos, estos últimos, quizá, los más peligrosos, porque en la demagogia la ambición no tiene límites, y por pactar pacta hasta con el demonio. Eso sí, siempre por el bien de la comunidad, por el bien de España. Quiero creerlos en base a esas excepciones que no confirman la regla, en base a esas personas que no se dejan llevar por las costumbres comúnmente aceptadas aunque sean espurias.

El doloroso final de Rita Barberá no es nuevo. Desde siglos atrás el que sobrevivía a la caída del poder, cosa extraña, era laminado sin piedad, es decir, había muerto aún estando vivo, se borraban sus rostros de las estatuas, se arrancaban sus inscripciones, muy raramente eran recuperados, es más, con sólo pronunciar sus nombres se producía una sed de amnesia. Es lo que, si antes no era ejecutado, se vino a llamar ostracismo, una práctica que aún sigue en boga, pero recurriendo al falseamiento, la perspicacia y lo peor de todo, al silencio. El ostracismo supone aislar a una persona, alejarla o inutilizarla por el simple hecho de ser el trofeo elegido, al margen de la responsabilidad en el ejercicio de su cargo; es más, el análisis de su responsabilidad, sus aciertos y equivocaciones, no son esenciales, en realidad, sobran, el que molesta es el sujeto en sí transfigurado en chivo expiatorio. Esta práctica, ya les digo, viene de antiguo. Dos ejemplos históricos de ilustres lenguas viperinas que primero fueron desterrados, luego perseguidos, y finalmente aniquilados fueron Cicerón -descuartizado por Marco Antonio-, y Séneca -obligado a suicidarse por Nerón-; aún hoy resulta difícil asimilar que dos de los grandes intelectuales del mundo romano terminaran de esa manera; ninguno de los dos fueron santos ni murieron como mártires, hay páginas oscuras en ambas biografías, pero me llama la atención que otros profesionales de la política de su tiempo, pocos la verdad pero los hubo, se sobrevivieron a sí mismos, pasaron desapercibidos. Que te dejen en paz Rita Barberá: los cazadores ya se han cobrado la ansiada pieza, ¿qué más quieren?