Diario Sur

PATIO DE BUTACAS

¿TODOS LOS PÚBLICOS?

Llegó con la paternidad. Cierta conciencia de que el mundo está mal diseñado. Y que la medida de la mayoría no es la única. Solo hace falta echarse con un carrito de bebé a la calle para comprobar que lo que antes podía ser un apacible paseo, se converte en una carrera de obstáculos que requiere más preparación que unas olimpiadas. Puertas demasiado pequeñas, ascensores diminutos, bordillos indeseables, escaleras sin escapatoria, baches antipersonas, charcos más peligrosos que un campo de minas, aceras demasiado estrechas, angostos pasillos acosados por sillas y mesas de terrazas, coches aparcados obstaculizando rampas de acceso. pequeñas incomodidades en las que ni reparamos cuando tenemos dos piernas, pero que se manifiestan cuando tiramos de un carrito y vemos que la cosa no va, precisamente, sobre ruedas. Una incomodidad temporal que conlleva la maternidad/paternidad, pero que transforma la ciudad en una selva impenetrable y permanente para las personas atadas a una silla de ruedas.

Una de ellas es Melania Rojas que desde la portada de SUR del pasado lunes nos recordaba que no solo la calle es ingrata. Algo tan cotidiano como ir al cine se convierte en lo más parecido a una película de terror en propias carnes para una tetrapléjica como ella. Cualquiera que pase por taquilla puede elegir butaca a su antojo, pero las personas con movilidad reducida están condenados a la primera fila, con la gran pantalla encima y una visión distorsionada del filme que acaba mareando. Melania nos ha abierto los ojos como aquella película de Amenábar y ha pedido que cada cine adapte, al menos, una sala de las muchas que tienen para que las personas en silla de ruedas puedan ver los estrenos desde una posición que para ellos es un privilegio y, para nosotros, lo normal. Los exhibidores son conscientes de la situación, pero, por el momento, no se plantean reformar sus instalaciones para que sean para todos los públicos.

Como sociedad, tenemos un grave déficit de empatía con los discapacitados. Les damos palmaditas en la espalda, pero somos incapaces de bajarles el bordillo que está a nuestro alcance.