Diario Sur

ABOGANDO

CORTESIA CIRCULATORIA

EN una esquina por la que transito habitualmente hay una señal de tráfico que, a mi modesto entender, es manifiestamente mejorable. Porque me parece contraria a la lógica. Y los que por allí circulan comparten este criterio, según se aprecia. Cuando se sube por la calle que lleva el nombre de mi inolvidable amigo, la calle donde se produjo la tala imperdonable de los árboles que tapaban los feísmos edificios construidos a su vera, se llega inevitablemente a esa intersección y se encuentra uno con una advertencia que te invita a ceder el paso a los que recorren la travesía que recuerda al marino del siglo XVI, terror de los ingleses porque les dio hasta en el carnet de identidad varias veces. Por suerte, nuestros asiduos visitantes no se enteran de quién era este caballero ni lo que les costó en hombres y naves. Si lo supieran, seguro que se enfadarían. Claro es que, por aquel entonces, lo corriente era echarse a la mar a hundir barcos y volver a casa, cuando se volvía, con un ojo menos, o con un solo brazo. Volviendo al cruce, que es lo nuestro, me pregunto cómo es que no hay más percances, no tan graves como los que causaba el almirante pero tampoco como para no tenerlos en cuenta. Porque los que suben desatienden sistemáticamente la conminación a dejar que pasen los otros y siguen su camino como si nada. Total, enfrentan la intersección por la derecha y creen que por eso tienen la preferencia. Cierto es que la derecha no goza actualmente de muchas preferencias pero ésa es otra historia. Y los que pretenden, una vez descrita la curva en noventa grados, cruzar la carretera aprovechando el efímero semáforo, se apresuran a adelantarse, recordando vagamente que la señal les favorece. Sólo a los automovilistas del lugar les resulta familiar pero también rememoran sus remotos conocimientos de la Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial que alguna vez empollaron para sacarse el carnet de conducir que les da la idea que el que gira no debe ser el primero en pasar.

Siempre me ha llamado la atención el disco que en lugar de mandar directamente detenerse al llegar a un cruce, cortésmente, dispone que es mejor ceder el paso. Parece algo ambiguo, no demasiado exigente, algo así como las buenas maneras que han desaparecido de la vida social. Porque, salvo al confluir en un dintel, nadie cede nada. Y en las puertas, tampoco se sabe qué debe hacerse. No se recuerda aquello de dejar salir antes de entrar, regla que sólo reconoce excepción en los puertos donde el que arriba puede estar urgido a hacerlo. Hoy, el conductor y el peatón, con ignorada evocación al presidente fundador del partido más votado, cree que la calle es suya y se detiene cuando quiere, cambia de rumbo cuando se le antoja, gesticula a riesgo de sacarte un ojo de un manotazo o simplemente se te echa encima.

Ahora, a pesar de que no hay elecciones en los próximos meses, podríamos solucionar esta ambigüedad y adoptar una solución. O quitar la señal para que los que van al norte puedan pasar sin vulnerar ninguna norma o colocar una más contundente, ésa que en inglés te impone detenerse. O instalarlo en la otra calle. Es curioso que se emplee el término: stop. Incluso hemos conseguido que entre al Diccionario de la Real Academia, que admitiendo que es voz foránea, la define como señal de tráfico, adoptada internacionalmente, que indica a los conductores la obligación de detenerse. También alude a la tecla o botón de algunos aparatos que permite detener su funcionamiento y hasta en los periclitados telegramas, el punto ortográfico. Esto de que está adoptada en todos los países es relativo. En varios de habla hispana la expresión es 'Pare', más respetuosa, porque no te tutea, como la mayor parte de los mensajes que recibes por internet y de las instrucciones que te envían para realizar los trámites que te obligan en estos tiempos modernos. Pero, en nuestras tierras, que se utilice el término inglés es conveniente porque está demostrado que los británicos y no sólo los turistas pueden vivir entre nosotros por décadas sin aprender otras palabras en español que gracias, adiós y «pofavo».

No quiero ser agorero pero, de verdad, cambiaría el cartelito.