Diario Sur

CALLE ANCHA

Marbella profunda

Pudiera parecer, transcurridos los días, que seguir hablando y escribiendo sobre el presidente electo Donald Trump resulta cansino y reiterativo. Posiblemente todavía no se haya dicho ni una milésima parte de lo que nos aguarda, al menos, para los próximos cuatro años. Contra los pronósticos de las empresas encuestadoras (una vez más cubiertas de gloria), el empresario lenguaraz, fanfarrón, «hombre espectáculo» cuestionado en su estética y en sus pronunciamientos, se hizo con el triunfo rompiendo cualquier techo que el populismo ultraconservador pudiese tener en los Estados Unidos. Por su parte la demócrata Hillary Clinton, quien presuntamente iba a fulminar el «techo de cristal» que siempre limita el ascenso de las mujeres, por motivos que aún deberán ser analizados en profundidad por especialistas, se quedó compuesta y sin Casa Blanca. Precisamente cuando Obama había roto otro techo limitativo de los negros; nadie ha dicho el material del que estaba construida esa frontera con apariencia de haber sido quebrada definitivamente. Tras la victoria de Trump llegaron los calificativos hacia el personaje de manera casi inagotable: patán, fanfarrón, bravucón, racista, xenófobo, machista, islamófobo, homófobo y unos cuantos más. Contestación en las calles por parte de grupos beligerantes que no asimilan que los destinos de su país queden en manos de un individuo de esta calaña. Naturalmente, para dar una explicación a lo aparentemente inexplicable, el socorrido recurso de apelar a «la América profunda»; esa que ignora todo excepto su propio ombligo y su bienestar egoísta. Simplista interpretación se nos antoja porque parecen demasiados millones de «americanos y americanas profundos». Cada vez que surge un populismo, del signo ideológico o carente de ideología que sea, en el fondo late algún grado de desesperación, de sentimiento de abandono por parte de la cosa pública y, desde luego, una intención de cambio por muy irracional que resulte. No ha empezado el mandato y los malos presagios se acrecientan cuando un presunto racista como Jef Sessions será proclamado Fiscal General o Secretario de Justicia; un militar con estrategias decimonónicas como Michael Flynn, asesor de Seguridad Nacional y un ultra conservador como Mike Pompeo será nombrado todopoderoso Jefe de la CIA. Pero aterricemos en nuestra ciudad. Marbella 1991: elecciones municipales, un líder de un partido denominado GIL (Grupo Independiente Liberal) se declara gestor y no político, asegura, poco más o menos, que las ideologías han muerto, y promete volver a hacer grande a Marbella (casi como si fuese América); mítines donde no se deja títeres con cabeza, los medios riéndole las gracias; resultado una mayoría absoluta, con diecinueve concejales. Renuncia al sueldo de Alcalde (y Jesús Gil no se apellidaba Trump). Claro que cambió Marbella y, de paso, la vida de acólitos oficiales y de otros cientos, quizás miles, seguidores del carisma del líder. Marbella 1995: nuevas elecciones municipales y repetición con la mayoría absoluta del GIL con quince ediles, cuando ya era de dominio público las tropelías (entonces presuntas) que se estaban cometiendo. Marbella 1999: tercera mayoría absoluta, nuevamente quince concejales y la dimisión del líder como alcalde ante la inminente inhabilitación. Marbella 2003: el GIL de nuevo en campaña para las municipales, otra vez quince concejales elegidos y mayoría absoluta y eso que el cabeza de lista, Julián Felipe Muñoz, había tenido sonoros roces con el presidente del partido. Después vendría la singular moción de censura que haría romper el «techo de cristal» a María Soledad Yagüe, siendo la primera mujer en regir el Ayuntamiento, aunque fuese mediante pactos muy cuestionados, en una corporación donde llegó a haber hasta cuatro grupos mixtos. Con aquel panorama, que terminó, como todos deberíamos recordar, con la disolución del Ayuntamiento y el «culebrón» Malaya, los ciudadanos debimos hacernos muchas preguntas pero no se formularon; de un plumazo los votantes no aparecían por ninguna parte y naturalmente no hay constancia de que la llegada al poder de tan nocivos gestores se atribuyese a «la Marbella profunda». Seguramente la responsabilidad sería de lo contrario: una «Marbella democráticamente superficial». También administraciones superiores y organismos fiscalizadores permanecieron ciegos y sordos.