Diario Sur

LA TRIBUNA

Málaga, ciudad cervantina

Va a concluir un año conmemorativo en torno al IV centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, durante el que por toda España se han celebrado ciclos de conferencias, exposiciones, conciertos y otros eventos, auspiciados por autoridades o instituciones culturales, a los que nuestra ciudad no ha sido ajena pese a la escasa repercusión en el gran público (¡Ay, la Málaga ciudad bravía...!). Tampoco falta quien achaca poca implicación en las celebraciones y en su difusión al común de los mortales a esas mismas autoridades políticas o académicas, en contraposición con la repercusión que el mismo centenario de Shakespeare ha tenido en Gran Bretaña. En fin, son opiniones y, en cuanto a eso, como dijo el torero a Ortega y Gasset, «hay gente pa'tó». Lo cierto es que, al contrario que otras localidades de nuestra provincia que han aireado el paso por ellas de nuestro personaje, en todos estos actos he echado en falta una mínima alusión al hecho de que Cervantes estuvo en la capital al menos en dos ocasiones, y así lo lo justifiqué sobre documentos del Archivo General de Simancas en una reciente conferencia en el Ateneo. Miguel de Cervantes fue sobre todo un hombre de mundo que supo trasladar sus propias vivencias, más pródigas en desgracias que en venturas, a su obra literaria.

Los nada sobrados emolumentos de su padre con los que hubieron de vivir el matrimonio y seis hijos, de los que Miguel era el cuarto, no le depararon una niñez desahogada, teniendo que ver cómo su progenitor dio con sus huesos en la cárcel por las deudas que contrajo para sacar adelante a su familia y que no pudo pagar. Aunque en la persona de su padre, ya vio la cárcel de cerca desde su infancia.

No fue menos azarosa su juventud. Tras un lance de sangre en Madrid tuvo que huir de la justicia y acabar en tierras italianas enrolado en la milicia. Como soldado, en 1571, participó en la batalla naval de Lepanto contra los turcos, recibiendo heridas que atrofiaron para siempre su brazo izquierdo y la mano del mismo lado. Cuando en 1575, por mar, volvía licenciado a España con cartas de recomendación de don Juan de Austria que le permitirían comenzar una vida nueva desde cero, ya a la vista de la costa catalana, fue apresado por corsarios berberiscos y llevado prisionero a Argel, donde estuvo cautivo cinco años. Como escribió Zorrilla por boca de don Juan Tenorio (¡Curioso!: también la escena se sitúa en Italia), donde hay soldados hay juego, hay pendencias y amoríos, no cabe duda que durante su tiempo de mílite Miguel de Cervantes se ejercitó en la trilogía de don Juan, especialmente en el juego, convirtiéndose en un ludópata empedernido y en asiduo de los bajos fondos de las urbes italianas por donde pasó.

A finales del siglo XVI Málaga era la ciudad mundana y cosmopolita por excelencia en la costa sur mediterránea. La actividad comercial y militar de su puerto, donde hibernaban las galeras, y el establecimiento de industrias militares darían lugar a la presencia en ella de un variopinto personal integrado por soldados estables y de paso, milicianos y artilleros aforados, arrieros, trajinantes, mercaderes, pescadores, marineros, palanquines y gente de baja estofa que, al calor de mesones, tabernas, vino, naipes y otros atractivos consustanciales, concurrían en las zonas aledañas al muelle. Un escenario ideal para Miguel de Cervantes.

Aunque nuestro personaje llegó a solicitar algún destino importante en América, la lacónica y dura negativa del Consejo de Indias (busque por acá en qué se le haga merced), le condenó a comisiones de segundo nivel, efímeras e ingratas, pero que, al menos dos veces, le obligaron o le permitieron pasar unos días en Málaga capital.

Digo 'le obligaron' porque en 1591, con ocasión de recaudar trigo y cebada para las armadas en las tierras de Teba, vino a nuestra ciudad a obtener del tenedor de bastimentos certificación de las entregas, dejar a buen recaudo los documentos que necesitaría para dar sus cuentas finales y, a buen seguro, a tomarse un tiempo de asueto antes de volver a la tarea de campo.

Digo 'le permitieron' porque en 1594, enviado a cobrar impuestos atrasados que se debían a la Corona en el reino de Granada, lo que para nada le hacía necesario venir a Málaga, aprovechó que estaba en la cercana de Vélez, para pedir a la Corte le alargara el tiempo concedido veinte días más. El párrafo final de su carta es significativo: Y puédeseme enviar el despacho a Málaga, donde quedo esperándole. ¿Por qué no esperó en Granada, donde estaba la sede de su comisión?, ¿Por qué no esperó en Vélez? La respuesta es simple: Ni Granada ni Vélez le ofrecían los alicientes mundanos que sí le ofrecía Málaga, donde pasaría unas semanas de solaz en la segunda quincena de noviembre y primeros días de diciembre.

Hasta hoy y hasta donde mi conocimiento alcanza no se habían dado a conocer en nuestra ciudad estas visitas. Ya era hora. Málaga también es 'ciudad cervantina'.