Diario Sur

SIN IR MÁS LEJOS

Platero y nosotros

El burrito del Parque está en el taller para tratarse de los alifafes propios de un baqueteo de décadas. Miles de niños han culeado al rucho hasta la extenuación, de forma que el lomo adquiría temperatura casi humana en las mañanas de domingo. Su metal se ha desgastado como la escalera de un colegio, como las figuras bajo un manoseo milagrero de siglos, como el escalón de una catedral. Ese lomo dorado por el uso presentaba, como los aviones, fatiga de materiales de tanto proporcionar horas de felicidad en el vuelo bajo del trote imposible. La aleación más fuerte no es el bronce si no esa memoria acumulada de la gente. A este burro se le tiene la fe de padres que fueron niños, padres arrieros que se teletransportaban al sujetar a su retoño electrizado. Ese burro metálico es también una máquina del tiempo, por eso al pasar y no verlo se dispara la moviola más insensible. Es nuestra sirenita de Copenhage, nuestro manneken pis que sólo fotografían malagueños, un icono incomprensible para los turistas. En las ciudades hay esculturas para que las palomas se caguen en la historia, otras que son imanes para el vandalismo y la burla y, otras que hacen historia cabalgadas sucesivamente por ejércitos en pañales. Málaga no tiene esculturas ecuestres, pero sí su burrito con millones de jinetes. Su autor, Jaime Pimentel, es la segunda persona, después de Cánovas, que más huella ha dejado en este glorioso jardín subtropical, donde otra docena de bronces no importan a la mayoría lo que este pimentel. Hace años había legiones de niños en cola para subirse. Era cuando tenía magnetismo de videojuego, tiempos en que los niños hasta le reían las gracias a los payasos perdedores y ningún mocoso se quejaba en primera fila del circo de que los tigres recién salidos de sus jaulas olieran a gigantesca meada de gato. El totem resiste desde 1968 como pocas señas de identidad. Mientras Peneque el valiente se ha tenido que hacer guiñol de la legua para no languidecer, Platero resiste. Ni el más afinado diseñador de parques infantiles podía soñar un acierto así, blindado además contra los gamberros. Un gran mérito cuando hasta el Picasso sentado amanecía hace dos años en otro banco de la plaza de la Merced, seguro que una pesada broma de quienes nunca montaron a Platero, la primera lección de afecto al patrimonio local que recibe un niño malagueño. Platero pasa por el taller de puro viejecito. Otras figuras ya se han dejado por fracasos crónicos. El gran Félix Rodríguez de la Fuente es hoy un polimutilado zombi en los jardines de Picasso, como si Millán Astray se hubiera metido a cetrero. Le han ido colocando sucesivos halcones en la mano que los rufianes hacían volar a algún salón comedor. Esculturas que son una fuente de felicidad per cápita inagotable como Platero y otras que gritan para que les prestemos atención, como niños que hacen cola para subirse al burrito aunque no estén hechas del material con el que se forjan los sueños.