Diario Sur

relaciones humanas

Ofensa y desprecio

No ofende quien quiere, sino quien puede. Dicha así, desligada del contexto donde se haya pronunciado, la frase tiene la fuerza de las verdades apodícticas. Aparentemente no admite discusión alguna el hecho de que no todo el mundo tiene poder para lastimar al otro con sus insultos o sus injurias; y también queda fuera de toda duda que el efecto de estas puede quedar notablemente mitigado si el destinatario adopta ante ellas una postura indiferente. Pero eso es así solo en la teoría. En la práctica sucede más bien lo contrario: que hasta el más insignificante de los mortales es capaz de causar daño moral a otros, y que, por muy blindado que uno pueda estar frente a las ofensas, estas acaban atravesándolo como el cuchillo que entra en la mantequilla.

La susceptibilidad humana no conoce límites. Ante ciertas cosas todos tenemos la piel fina. No es muy creíble que uno pueda regular a su antojo el efecto de los ataques ajenos si tenemos en cuenta que a veces nos hacen mella incluso actos que ni van dirigidos personalmente a nosotros ni han sido ejecutados por el presunto ofensor ha puesto intención hiriente alguna. Dada esta fragilidad natural nuestra, lo que habría que admitir es justamente lo contrario: que, queriéndolo o no, la posibilidad de causar ofensas está al alcance de cualquiera. Así las cosas no queda sino el consuelo del contraataque. Admitido que efectivamente sí nos han ofendido, podemos retirarnos maltrechos a esperar que sanen las heridas o, por el contrario, entrar al trapo dejando que el orgullo nos consuele con la satisfacción de devolver el golpe.

Es esta segunda vía la que emprende el dicho «no ofende quien quiere, sino quien puede». Porque, aunque la lógica debiera interpretarlo como la suma de dos negaciones simultáneas («no me haces daño», «no me siento ofendido por ti», por un lado, y por otro «no tienes capacidad de ofenderme»), la pragmática acierta al darle un único significado, el del mensaje de menosprecio hacia el causante de la ofensa. La negación del daño es retórica, y no tiene otra finalidad que dar impulso al embate que le sucede. El vasto arsenal de la paremiología nos brinda otra sentencia que describe esa intención: «no hay mejor desprecio que no hacer aprecio». Llegados a este punto puede decirse que ya ha cambiado el signo del juego. Con daño o sin él, agraviado o convaleciente, el inicialmente ofendido se ha hecho con el control de la jugada y es ahora él quien arremete contra el rival. No le pide cuentas ni le exige reparación alguna puesto que eso contradiría la aserción de que no ha habido ofensa; pero sí lo humilla, lo rebaja, lo reduce al considerarlo carente de atributos, cualidades o méritos suficientes como para hacer daño con su embestida. No eres nadie, le viene a decir, y en cambio yo estoy muy por encima de tu estatura desde el momento en que me muestro indemne, es decir, indiferente.

Definía Rivarol el desprecio como el más misterioso de los sentimientos humanos. Montaigne, por su parte, advirtió: «No hay réplica más punzante que el desprecio silencioso». Al despreciar al otro disimulamos el efecto de su golpe, le advertimos de que ha errado en su disparo, pero sobre todo le venimos a decir que es inferior a nosotros. Pertenece a la miserable clase de los que «no pueden» hacer daño bien porque están a una inmensa distancia de nosotros, bien porque por sí solos padecen de impotencia. Quiere esto decir que lo excluimos al considerarlo no solo incapaz de afectarnos lo más mínimo, sino merecedor del vacío más absoluto. En términos argumentativos este planteamiento de las relaciones a las que da lugar el juego de ofensas y desprecios parte de la misma base que la conocida «falacia ad hominem». Al igual que esta, el que ignora la ofensa lo hace amparándose en el juicio negativo sobre el ofensor. Agamenón puede ofendernos, pero no así su porquero. Del mismo modo que las críticas y las acusaciones quedan desactivadas en cuanto es puesta en duda la integridad del acusador, el ultraje deja de serlo cuando a quien lo inflige se le niega la entidad suficiente para hacerlo.

Pero ¿de qué entidad hablamos? ¿De la moral, de la intelectual, de la inherente a cualquier ser humano por el hecho de serlo? No es un distingo que tenga e menor interés. Más bien al contrario, la eficacia de respuestas como «no ofende quien quiere, sino quien puede» reside en su capciosa ambigüedad. No puedes ofenderme, le decimos, porque eres una suma de carencias y discapacidades, un manojo de déficits de toda clase, pero sobre todo de uno en particular: el que te adjudica mi desprecio, pues has de saber que han cambiado las tornas y tu intento de ofenderme ha resultado vencido por mi deseo de dejarte a la altura del barro. Y es que el desprecio, como dijo Gracián, es la forma más sutil de la venganza.