Diario Sur

A CADA UNO LO SUYO

Invisibles

Una de las ventajas (quizás la mayor) para los que nos dedicamos al oficio universitario es la de disfrutar del singular privilegio de la convivencia con personas (colegas y alumnos) que nos enseñan mucho. Un buen negocio este donde si estás espabilado puedes llegar a casa con una muesca de conocimiento a incorporar a la mochila del aprendizaje. Pero no todos son libros, artículos, clases y la omnipresente ANECA (los del gremio saben de lo que hablo). También hay que atender cosas más mundanas pero imprescindibles para seguir pasando hojas del calendario. Hay que nutrirse, si es posible de forma sana y agradable al sentido del gusto. Para ello los empleados de la cafetería de mi Facultad, con gran profesionalidad y mejor cordialidad, nos permiten comidas, que cuando las obligaciones académicas convierten en casi diarias, dan lugar a animadas charlas donde, si uno sabe elegir a los comensales, se recibe humor e inteligencia de doctas personas que te hacen el honor de su amistad y compañía. En una de éstas estábamos hace poco cuando hablando del puñetero mundo y sus injusticias, salió a colación el drama de los desheredados sociales (la pobreza, las pateras, los refugiados, los sin techo), y el drama sangraba más cuando de niños y ancianos se trataba por su especial vulnerabilidad. Se comenta la fortuna de que haya aumentado la protección jurídica para los menores en nuestro país (lo cual es verdad) pero en ese momento la profesora Elisa García España, querida amiga y compañera, nos da una 'bofetada' de cruda realidad social y nos habla de los que ella llama «los invisibles», niños (menores inmigrantes no acompañados) en Madrid viviendo en un parque desde hace 7 meses (según informan Save the Children y Fundación Raíces), 100 en Melilla también en las calles y sin atención (informe de Harraga, asociación de jóvenes educadoras sociales) o en mi ciudad, Málaga, donde Málaga Acoge ha verificado que 60 jóvenes (entre 18 y 22 años) viven en la calle una vez alcanzada la mayoría de edad y no disfrutan ya del sistema de protección.

Este desolador panorama no admite su prolongación en el tiempo. Un 10 como un sol para las ONG y las personas que desde el compromiso social o académico (y a veces, como Elisa, combinando ambos), contribuyen a denunciar esta injusticia y hacer visibles a estos chiquillos. Un cero como un camión a los órganos administrativos competentes en la materia que no han sabido resolver esta lamentable situación (porque quiero creer que nadie, de forma deliberada , haya 'pasado' del tema). Y si me permiten, un 'necesita mejorar' para los demás, es decir para nosotros, los que debemos estar más 'al loro' e informarnos para ayudar a estos niños y jóvenes a dejar de ser invisibles. Canturrear «ayúdame y te habré ayudado» (legendaria estrofa de una canción de Los Secretos) es un placer para los sentidos, pero ponerla en práctica apoyando esta noble causa es una buena forma de ayudar a nuestra alma.