Diario Sur

LA TRIBUNA

¿Epílogo al Estado del bienestar?

Cierto es que, cuando uno da su palabra, debe cumplirla y, por ello, se usa la frase de «lo prometido es deuda». Esto que nos parece a una mayoría una perogrullada, deja de serlo cuando lo situamos en la esfera del ámbito político. Aquí todo cambia y comprobamos cómo la situación toma otro cariz: lo que se promete, si se cumpliese, automáticamente puede convertirse en 'deuda pública' cuando el país no puede financiarlo con los ingresos de todos. Cuantos más procesos electorales haya, mayor es el espectro de promesas que pueden abocar el endeudamiento público a límites insospechados.

Cualquiera entenderá que esto no puede ser un buen hábito ciudadano. En definitiva, no se puede gastar, año tras año, por encima de lo que ingresamos. El debate político de ofrecer, constantemente, nuevos servicios o mejoras públicas a costa de que las paguen las generaciones futuras puede abocarnos a la ruina, salvo que vengan acompañados de programas de financiación singulares para atenderlos, garantizando la sostenibilidad del estado de bienestar.

Hace unos años España era un ejemplo para todos los países. Cerrábamos nuestras cuentas públicas con superávit y ejecutábamos un sinfín de obras, incluso algunas de ellas totalmente ineficientes, pero se hacían. Existía un buen nivel de empleo y una actividad económica que generaba ingresos públicos, no solo para mantener el gasto del año, sino para su utilización en el siguiente ejercicio. De esta manera, y en 2007, el Gobierno gastó unos 421.000 millones, de los que 357 lo eran para el gasto corriente, es decir, para el directo en servicios públicos, retribuciones de los empleados, prestaciones, pensiones, becas, gastos sanitarios, etc., y, el resto, para inversiones. Del lado del ingreso, cerrábamos con unos 442.000 millones.

Con la entrada de la crisis en 2008 la situación gira vertiginosamente y se produce un incremento anual del gasto público y una 'parálisis' en la capacidad de captar ingresos para financiarlo. En concreto, y en dicho año, no pudimos hacer frente casi a un 11% del gasto. Esta situación se ha ido repitiendo, año tras año, y no se ha conseguido reconducir, evidentemente, por incrementarse los compromisos para atender a los menos favorecidos durante la crisis que aún perdura.

De esta manera, el año pasado se cerraba con un gasto público total de 468.000 millones, de los que 436.000 eran gasto corriente, lo que supone una subida, respecto a 2007, de unos 79.000 millones. Entre 2008 a 2015 hemos acumulado una deuda de algo más de 666.000 millones de euros, gastando algo más de 3,8 billones de euros en el sector público, lo que arroja una cifra de gasto medio anual en el periodo de unos 475.000 millones, frente a los 420.000 de 2007. La conclusión es que el gasto corriente ha aumentado de 2007 a 2015 en un 22%. Ahora bien, nuestros ingresos no han seguido esa misma senda, generando un crecimiento importante en la deuda pública.

Sin duda, el daño que la crisis ha ocasionado en el empleo en España es dramático. En 2012 contábamos con cuatro millones más de desempleados que en 2007, una situación que no se puede paliar con 'prestaciones públicas'. La solución es que la economía española sea capaz de generar actividad y, con ello, el empleo que necesitamos. Por ello, muchos pensamos que el reto principal de nuestra nación nos es otro que unir todas las voluntades para la creación de empleo.

Ortega y Gasset escribía sobre los demagogos, señalándolos como los grandes estranguladores de las civilizaciones cuando es imposible un crecimiento infinito en un mundo finito. Y quizás la demagogia hoy se aprovecha de una conciencia colectiva aletargada o adormecida y, de este modo, como comentaba el historiador Juan Pablo Fusi, nos encontramos ante una asombrosa estulticia coloquial. De aquí que la ignorancia parece no ser algo negativo en la actualidad. Ahora se difunden por las redes mensajes inciertos que, al repetirse numerosas veces, se convierten en un atrayente eslogan social, en una nueva etapa política de marcado predominio del marketing y en la que parece se ven atrapados los medios de comunicación, así como las propias estructuras políticas, económicas y sociales del país. Pero esto me recuerda un pasado tenebroso de la historia de Europa, cuando, hace más de 80 años, Joseph Goebbels hacía y decía cosas similares a un pueblo alemán hundido en el desencanto y en la desesperación.

En resumen, recordar las palabras de Arturo Pérez Reverte, amado por unos y odiados por otros, «el mayor aliado de los falsos quijotes es la ignorancia de los sanchos» y recapacitar que para esto del estado del bienestar quizás sea ya hora de pensar en «lo posible», pues de «lo imposible» se ha escrito demasiado.