Diario Sur

Un dólar por tus sueños

El presentador de la tele contaba en tono de, mal, humor el sueldo que como presidente de comisión va a cobrar el exministro del Interior. Seis mil euros brutos al mes. El periodista aclaraba que, encima, la comisión que iba a presidir el exministro es, poco más o menos, una comisión de chicha y nabo. Quizá vendría bien que un ingeniero fordista midiera y cronometrara los procesos parlamentarios, como se hace con las cadenas de montaje de las producciones en serie, y estableciera sueldos justos e indiscutibles como lo son los de las fábricas en el imaginario de los revolucionarios de clase media. El caso es que ahora las cosas no son así, y con el sueldo del exministro del espionaje, de los inmigrantes ahogados, de la ley mordaza, el presentador golpeaba las conciencias de los espectadores.

El público reía, pero en el fondo todos pensábamos, con rabia, en la anciana de Reus a la que le habían cortado el suministro eléctrico por impago y que había muerto como consecuencia del incendio producido por una vela con la que trataba de iluminar su casa. Ochenta y un años, vulnerable, olvidada, su dignidad y su vida se habían escapado entre los dedos del sistema de protección social de las administraciones públicas. Dicen que hay comparaciones que son injustas, pero ninguno renunciamos a comparar injusticias, y un mundo en el que unos cobran sueldos de seis mil euros y otros mueren en la pobreza se presta a tanto a comparar injusticias como a injustas comparaciones.

Un pueblo civilizado, europeo, con experiencia política democrática y con una cierta tradición de estado del bienestar, de protección pública de las personas en situación de riesgo, se preguntaría cómo se pueden taponar los agujeros por los que se escapó la vida de la anciana de Reus. ¿Qué leyes, qué recursos, qué protocolos cambiar? Toda esa cultura la construyeron los políticos en los parlamentos, con sus largas discusiones, con sus pasos perdidos, negociaciones y conspiraciones, con peleas por el poder, tipos mediocres y tipos sublimes, avanzando dos pasos y retrocediendo uno. Eso mismo ha hecho el presidente Obama con el sistema de salud pública en Estados Unidos, negociar, renunciar a mucho para conquistar algo. Pero ya no se nos invita a reflexionar y actuar políticamente sobre eso, ni sobre nada, sino a vomitar una ira que arrase con todo.

El presidente Trump y la nueva mayoría conservadora en el Congreso y el Senado estadounidenses intentarán cargarse las conquistas sociales de Obama de un papirotazo. Eso sí, Trump sólo va a cobrar un dólar al año. Por el sueldo de Obama, los americanos podrían tener a cuatrocientos mil Trump. Es más, siguiendo una lógica demoledora, pronto alguien dará un paso más, y propondrá: «Mejor que elegir los cargos, los podemos subastar, y cada cuatro años haremos caja». Un idiota racional, un periodista o un político, joven y urbano, dirá: «Modernicemos nuestro programa, si alguien quiere ser presidente, diputado o concejal, que nos pague». Entonces, el presentador de la tele se preguntará cómo hemos llegado hasta aquí.