Diario Sur

VOLTAJE

Camisetas con eslogan

El país entero ha vuelto a convertirse en un testigo forzado del estreno mundial del nuevo numerito de Podemos en el Congreso de los Diputados. El primer capítulo de esta nueva temporada de Podemos ha tratado sobre cómo despreciar a las instituciones democráticas sin levantarse de sus asientos, aunque lo exijan las formas y el sentido común, pero toda su trama ha quedado mancillada por la tirria que provoca la gente que se cree tan radical todo el tiempo. Hay veces en las que te pasas de radical y corres el peligro de convertirte en un impresentable. De pequeños nos enseñaron que la democracia también son formas. Conviene guardarlas porque de otro modo esto podría convertirse en otra cosa. El desplante que hizo ayer esta gente ante instituciones que han significado tanto en sus libertades que rozan lo sagrado es una ofensa a todos los que creemos que sirven para algo.

El papel protagonista ha recaído en este caso en Diego Cañamero, malagueño por cierto aunque diputado por Jaén, que da mucho más morbo, quien ha acudido al Congreso enfundado en una de sus camisetas con eslogan. Ya lleva tantas que en el caso hipotético de que le vaya mal en la política o recogiendo aceitunas siempre podrá lanzar su propia línea de ropa en Bershka. No resultaría contradictorio. Hay gente que se compra camisetas de grupos que nunca ha escuchado. El exalcalde de El Coronil se decantó para esta ocasión tan distinguida por una prenda de manga larga en tonos oscuros, con letras blancas que decían 'yo no voté a ningún rey', con sus tildes y todo. Pasaremos de puntillas por el hecho de que parezca preferible que nos represente un monarca a algún personaje a la que la gente le diera por votar como presidente de una república, aguantar a diario durante seis años a un tertuliano de la Sexta, a un sindicalista, a José María Aznar. Este sentir puede ser tachado de antidemocrático; también podría decirse que hay muchísimos más españoles que han votado por esta Constitución que por Cañamero y sus camisetas. Si a este señor le resultan tan incómodos los actos de nuestras instituciones, siempre tiene la opción de quedarse en su casa o de mudarse directamente a las Alpujarras, a preconizar allí una vida disoluta y/o la dictadura del proletariado. Al final, seguro que encontraría la fórmula para vivir de algún subsidio que le otorgara este sistema que tanto repudia.

Para algunas cosas no hace falta ser un lince: a poco que se la conozca, se sabe que en estos momentos España no tiene tiempo ni ganas de afrontar este debate. Nuestro problema no es precisamente el rey. Lo que tendrían que hacer estos cargos que nos representan a todos es preocuparse por los problemas de este país, que son muchos y muy dolorosos. Mejorar la vida de los ciudadanos es a fin de cuentas para lo que les pagamos, aunque no lo diga ninguna camiseta. Y si además saben estar, ya sería un escándalo.