Diario Sur

ABOGANDO

CAMBIO DE GUARDIA

Leo que los comerciantes de la zona cercana al Palacio de Oriente están de enhorabuena porque turistas de todas las procedencias están concurriendo a presenciar la vistosa parada militar en que se transforma el cambio de la guardia que custodia el monumento. Es una buena forma de utilizar el hermoso edificio que una noche de abril 1931 abandonó su último titular, dejando atrás su familia que no marchó hasta el día siguiente en condiciones algo precarias. Siempre he tratado de imaginar los sentimientos que embargarían a la regia consorte que sabía que su popularidad no era mucha -tuvo que esperar más de cuarenta años para que se la recibiese como le correspondía, como a una reina- mientras salía con su prole rumbo al exilio. No debe habérsele despintado la imagen de su prima hermana que había sido asesinada con toda su familia en circunstancias que se le deben haber antojado muy similares. Había pasado un poco más que una década de esos luctuosos sucesos y, a pesar de su valor comprobado, debe haber temido por sus hijos, niños entonces. Desde entonces los aposentos no han tenido un destino acorde con su importancia. Es verdad que se volvieron a ocupar por dos presidentes durante un lustro escaso pero a partir de entonces, nada. Ninguno de los Jefes de Estado que les sucedieron, bueno tres no más, se han sentido con ganas de volver allí a vivir. Dicen que fue el cuñado de uno el que lo hizo desistir con gran disgusto de la señora. Hay espacio más que suficiente. No en balde es el palacio real más grande de Europa, según afirman. Esta ceremonia militar está produciendo pingües ganancias para los vecinos. Los espectadores después de tanto pito y tanta flauta son atacados por el hambre y la sed y concurren a bares y restaurantes de las cercanías donde hacen gasto. La cosa resulta mejor que en la ciudad del cambio de guardia por excelencia, por lo menos para los expendedores de comidas y bebidas, ya que en aquella zona escasean porque todo es parque y reparticiones oficiales donde no puede comerse un colín. Además, se celebra más temprano. Allí lo único que puede uno zamparse es un perrito caliente de esos que venden en carritos ambulantes conducidos por albaneses. El producto es de desconocida procedencia pero está muy bueno, huele estupendamente y desespera a S.M., condenada a aguantar el aroma cada día.

Estas manifestaciones castrenses, si bien calzan bien con las monarquías, no son consustanciales con este sistema. Todos hemos visto que también se desarrollan en Grecia, por ejemplo, donde los participantes dan unos zapatazos de aúpa después de patalear de lo lindo con unos zuecos inmensos. Por eso, se me ocurre que nosotros, en nuestra modestia, podríamos presentar un espectáculo similar en el Ayuntamiento para atraer visitantes al casco antiguo. Es verdad que no tenemos guardia real pero la tenemos municipal y con sus uniformes de gala no quedan nada mal. Y también tenemos una banda que suena bastante bien cuando quiere y en la que tocaba hasta un candidato a marqués, buen amigo.

Es que están de moda los cambios de guardia. Porque ¿qué otra cosa es lo que ha pasado en el imperio donde un absoluto outsider ha venido a desplazar a una señora que lo había sido todo: primera dama, senadora -y no por cualquier sitio sino nada más y nada menos que por uno de los estados más importantes, por lo menos, el que todos tenemos en la cabeza- Secretaria de Estado, el equivalente de nuestro Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, encargada de los asuntos internacionales del país más comprometido con lo que sucede en el resto del mundo, precandidata y candidata a la presidencia. Ha venido un hombre, iba a decir un señor pero, no le cuadra ninguna de las dieciocho acepciones del término, y aprovechando que a los votantes viven, como diría el poeta, en esa segunda inocencia que da por no creer en nada, se los ha llevado al huerto. Ya sabían que lo que les prometían los de siempre no se lo cumplirían, que seguirían mandando los mismos, que nada cambiaría salvo para ir a peor. El otro, por lo menos, decía cosas originales, que no eran verosímiles pero que les servirían para comentar entre ellos que también les engañó el fulano. Ya veremos lo que sucederá: el cambio que se avecina es impredecible. Y nadie se responsabilizará. Nada hay más peligroso que un ciudadano con un voto en ristre.

El eslogan del maestro Mingote aún rige: vote a Gundisalvo, total ¿a ud. qué más le da?