Diario Sur

MIRANDO AL MAR

PARALELISMOS

EN los últimos días se han producido toda clase de reacciones a la elección de Donald Trump como el próximo presidente de los Estados Unidos, entre las que parecen abundar las que consideran que las consecuencias serán negativas, tanto para su país, como para el resto del mundo. Hay hasta altos cargos públicos de diversos países que han expresado hasta miedo por lo que pueda ocurrir a partir de ahora con algunas medidas que tome el líder del país más poderoso del mundo. Porque cualquier decisión que se adopte en Norteamérica tiene una inmediata repercusión en el resto del planeta, para bien o para mal.

También los hay más moderados, aquellos que consideran que una cosa ha sido la campaña electoral y que otra bien distinta será ejercer un gobierno con medidas extremistas y radicales, algunas de las cuales pueden volverse en su contra. Y creen que finalmente no pasará nada extraordinario, como piensan que ocurrirá en Europa con el brexit de Gran Bretaña, del que algunos dudan que vaya a consumarse.

Pero igualmente han surgido después de las elecciones aquellos que se encontraban bastante calladitos porque no estaban seguros de los resultados finales y que, ahora, visto lo visto, han dado suelta a su júbilo, (tanto en Estados Unidos como en el exterior) congratulándose de que «por fin» haya llegado un líder que ponga orden en tanto desmadre y haga de nuevo «grande a América», lo que lleva escondida ciertas connotaciones que dan bastante que pensar, si no que temer.

El sucesor de Obama ha llamado la atención en el mundo por sus excentricidades, entre otras cosas por su forma chabacana de dirigirse a sus rivales, los comentarios sexistas o racistas y esa ostentación de riqueza que, lejos de ser motivo de rechazo, parece que ha gustado a los electores americanos, incluidos muchos pobres.

Pues bien, estas circunstancias no parecen haber provocado ninguna sorpresa en muchos ciudadanos que vivieron la experiencia en su ciudad con personajes parecidos al frente de sus ayuntamientos. Estos días se puede comprobar en las redes sociales con los numerosos comentarios que los internautas realizan sobre el parecido con el que fue alcalde de Marbella, Jesús Gil, excepto en el flequillo rubio. Algunos argumentos electorales (salvando las distancias) ya eran conocidos tanto en Marbella como en poblaciones cercanas en las que su partido presentó candidaturas y algún comentario jocoso apuntaba estos días por las redes que quizás sea en lo único que le llevamos más de veinte años de adelanto a los americanos. Ha sido coincidente, incluso, la decisión de Trump de renunciar a su sueldo de presidente, tal como se hizo en Marbella, y esperemos que no sea para hacer lo mismo que aquí, es decir, cogerlo por otro lado y con elevados intereses.

Este paralelismo que están haciendo muchos, algunos en serio y otros en tono de broma, ha provocado también que salgan a la luz de nuevo algunos partidarios de aquella política 'ostentórea' que acabó saqueando las arcas municipales y permitió que se utilizara el terreno disponible en el término municipal para desarrollar un plan que les dejara importantes beneficios. Algunos con sus nombres y otros amparados en el anonimato, utilizando extraños seudónimos, han enseñado la patita para indicar lo bien que les pareció aquella época en la que el presidente de un club de fútbol ganó tres veces seguidas unas elecciones municipales y una cuarta sus seguidores (aunque con ellos todo terminara como el rosario de la aurora) y por mayoría absoluta.

A raíz de la actuación de la Justicia, y tras todos los procesos llevados a cabo, que han dejado a las claras las actuaciones delictivas de quienes gobernaron durante una larga época el ayuntamiento, más algunos que ayudaron desde fuera, se impuso un silencio sobre el entusiasmo desbocado que no pocos demostraron abiertamente. De pronto nadie votó a Gil, o en todo caso (argumento muy frecuente) solo la primera vez. Y en algunos casos será así, pero también es verdad (no nos engañemos) que algunos sentimientos no han cambiado y que solamente basta que se encienda una pequeña llama que los recuerde para comprobar que están ahí. El amor al líder suele ser perdurable. Esperemos que con Trump no se repitan (salvando otra vez las distancias) consecuencias lamentables.