Diario Sur

GOLPE DE DADOS

Los muertos

Para mí 'Los muertos' es la más atractiva obra del irlandés James Joyce, famoso, sin embargo, por su 'Ulyses'; Joyce tituló esta colección de relatos 'Dubliners', en irlandés, pero pasó a ser mundialmente conocido como 'Dublineses', en el inglés del Trinity College; se trata de quince historias donde la autobiografía, y los lejanos rumores de una vida que pudo haber sido y no fue, se confunden. En esta soberbia pieza se basó John Huston para dirigir el que sería su testamento cinematográfico, protagonizado por su hija Anjélica, en uno de los mejores roles de su enigmática carrera: «Ni estrella, ni comediante, ni dramática, simplemente Anjélica Huston», así la vendían en Hollywood. Corría el año 1987 y el celuloide norteamericano atinó al producir a Huston porque de esa manera pudo cerrar su espantosa década, excepto 'Blade Runner' y poco más, con una película de alto voltaje. 'Los muertos' es un relato íntimo, estentóreo y sensual. La trama es una excusa: una opulenta cena en un Dublín de principios del XX que apenas se atisba, sirve a Joyce y a Huston, cada uno a su manera, para mostrarnos que la Parca se apodera de nuestros recuerdos antes de aniquilarlos definitivamente con su guadaña. En realidad, muchos muertos están vivos, y a la inversa, muchos vivos están muertos, y una simple melodía nos hace pasar de un lado a otro casi sin darnos cuenta. Se trata de afinar el oído y escuchar la melodía.

Leo que Bob Dylan, polémico Premio Nobel de Literatura, no va a ir a recoger el galardón. Eso le pasa a la monarquía sueca, heredera de un Mariscal francés llamado Bernadotte, que antes de ser coronado había sido republicano y regicida, por permitir que se entregue el premio a uno de los más genuinos representantes de la música popular, «el maldito geniecillo de Berkeley», el maleante de las palabras: Robert Zimmerman, Bob Dylan para el universo entero. Creo que Dylan tiene miedo a sucumbir de un enfriamiento, pensará en todos los compañeros que este año se le han ido: David Bowie, Prince, y días atrás, Leonard Cohen, que pertenece por derecho propio a la categoría de los 'seniors'; Cohen experimentó sus primeras experiencias neoyorkinas en un inmueble de ladrillos rosáceos con balcones de hierro forjado: el Chelsea Hotel (222 West, 23rd Street); el 'Chelsea' albergó las pesadillas, alucinaciones y desilusiones de sus huéspedes, una minoría que «flipaba en colores»: pintores, músicos, narradores, poetas..., santuario de locura y creación, el Chelsea Hotel fue un imperio de anarquía frente al 'Empire State Building'; en una de sus habitaciones a Bob Dylan se le ocurrió homenajear al poeta Dylan Thomas y ponerse su nombre de apellido, en otra, Cohen compuso en honor a su amiga Janis Joplin una balada inmortal: «Te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, tu corazón era una leyenda.» Imaginaros desde Mark Twain a Sid Vicious toda la galería de muertos vivientes que han pasado por allí. Ahora están muertos menos Dylan, precisamente por eso quizá Bob no quiera recoger el Nobel de las frías manos del rey Carlos Gustavo: por temor a morirse.