Diario Sur

¿Entendimiento rusoamericano?

En un debate en el Ateneo de Madrid y en presencia de quien suscribe, un distinguido colega argumentó sobre el extraño entendimiento entre el presidente electo de EE UU, Donald Trump, y Vladimir Putin, presidente de Rusia. Al margen de la inicial felicitación protocolaria, ambos sostuvieron el lunes una conversación telefónica de cierta densidad y se mostraron de acuerdo en elevar la calidad de la relación bilateral entre los dos países, de mantener el contacto telefónico e ir preparando una entrevista personal. Durante la campaña, Trump reaccionó con desdén a las críticas acerbas y unánimes que le valieron el tratamiento VIP dado al presidente ruso, cuya mala imagen en Occidente, y en particular en Europa, es conocida. El conferenciante se desmarcó del coro condenatorio preguntándose si no habrá lógica, sentido práctico y un punto de intuición histórica en una eventual reconciliación con Moscú. Por si faltaba algo para ganar la atención del público, sugirió, en tono hipotético, que las dos grandes potencias del siglo XX, cancelada su larga pugna con una apabullante victoria occidental, podrían estar sopesando una alianza contra un tercero emergente y eventualmente imparable: China. Algo es cierto: Occidente no ha asumido que Rusia no es la URSS. No es, por supuesto, comunista (aunque el PC aún obtiene un resultado apreciable, pero a la baja: 20,7% en las elecciones de 2011 y 13,34% en las de septiembre pasado) y la conducta rusa en la lucha contra el terrorismo yihadista es de valor inapreciable, aunque su acción en Siria refleja su alianza con la Siria de los Assad, que les dotaron de la siempre soñada salida segura a las aguas del Mediterráneo con las bases de Tartus y Lakatia.

Putin es, en términos políticos, una criatura de Boris Yeltsin, el dinamitero de la URSS, tras el primer y decisivo empujón de Gorbachov en los 80. Ambos habían sido cargos relevantes en el régimen comunista y tenían su carnet en el bolsillo. Pero eso ahora es como la prehistoria de una Europa irreconocible con la democratización inherente al hundimiento de aquél. ¿Hay que temer a Rusia? Es difícil responder, pero hay indicios de que la conducta occidental con Moscú es aún dependiente de la costumbre de tantos años de rivalidad, desconfianza y enfrentamiento. Si Rusia -y no ocurrirá, supongo- aceptara negociar sobre la soberanía de Crimea y mantuviera un mero apoyo político y material a los prorusos que en el Donbass luchan por un reconocimiento como entidad autónoma ¿se mantendría la tensión con Moscú? ¿Sería percibido Putin como el agente del KGB que fue o como un líder pragmático sin ideología precisa solo atento a obtener ventajas para su país? En otras palabras: ¿Está tan loco Trump como para hacer tan buenas migas con Putin?