Diario Sur

LA TRIBUNA

Lecciones de buen Gobierno en El Quijote

Hace algunos meses, los medios de comunicación se hicieron eco de la visita a España de un insigne académico norteamericano, especialista en metodología didáctica, que recomendaba abiertamente evitar la lectura de 'El Quijote' entre los escolares, dada su supuesta inutilidad, también extensiva a las creaciones de Shakespeare.

Tradicionalmente, en nuestro país somos bastante dados a dejarnos impresionar por las admoniciones de los expertos de origen extranjero. El simple hecho de portar un apellido anglosajón implica en sí mismo un marchamo de dignidad y autoridad. A este respecto, en el ámbito académico, podría ser ilustrativo comprobar si, más allá de los méritos científicos, la nacionalidad del apellido ejerce alguna influencia en las citas de trabajos ajenos recogidas en los artículos publicados en España.

A pesar de las imponentes credenciales exhibidas por el mencionado académico norteamericano, de cuyo nombre no puedo acordarme, sus recomendaciones se antojan un tanto aventuradas. Sin necesidad de apelar a los calificativos otorgados a la magna creación literaria de Cervantes, de la que se ha llegado a afirmar que es «la Biblia de la Humanidad» o, según Ortega, un «libro máximo», quien la haya leído -o, aún mejor, releído- íntegramente habrá podido experimentar por sí mismo sus múltiples atributos. Es ciertamente difícil no hallar el deleite en una obra de arte tan excelsa, no admirarse ante tanta destreza narrativa, no apreciar el vivo ingenio destilado en sus páginas, no quedar impactado por la profundidad y el sentido de sus reflexiones, o no disfrutar de tantas situaciones de enredo o sencillamente hilarantes.

Puede que la lectura de 'El Quijote' no se vea ya como un ingrediente idóneo según los cánones de los más avanzados, innovadores y sofisticados métodos didácticos, pero aun en ese supuesto, la simple lectura de la obra cervantina como ejercicio lúdico o hedonista tiene un valor indiscutible. Para ello, naturalmente, esa actividad debe enfocarse como ejercicio libre y voluntario, y no como una obligación ni, mucho menos, un castigo. Hace décadas, no era precisamente demasiado estimulante, al menos entre los estudiantes con capacidades normales, el caso de un célebre político español que, al parecer, lograba que sus hijos se aprendiesen de memoria el libro en su integridad.

No obstante lo señalado, quizás habría que conceder que, como sugiere uno de los colaboradores en el número especial de la revista Extoikos (www.extoikos.es) dedicado a la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, extraer todo el jugo de una obra del tal envergadura requiera de una cierta trayectoria vital. Según el perfil y la experiencia de cada persona, existen diferentes edades para asimilar plenamente El Quijote. Una posible hipótesis a contrastar es la de que la madurez personal pueda estar asociada a la auténtica culminación de su lectura. Dicha cualidad puede favorecer esta última, pero no llevarla a cabo no implica, lógicamente, que se carezca de ella.

Al margen de lo anterior, en un plano más utilitarista, no puede pasar desapercibido que la novela de Cervantes, de principio a fin, está impregnada de sabiduría y plagada de pautas de comportamiento sumamente instructivas para afrontar las más diversas situaciones. En una época en la que asistimos a un auge de los principios del buen gobierno corporativo e institucional, en las páginas de El Quijote encontramos una valiosa fuente de inspiración.

De manera particular, el desempeño efectivo por Sancho Panza del cargo de gobernador de la supuesta ínsula de Barataria acumula signos de genialidad dentro de la genialidad, aderezados por los consejos directos de don Alonso Quijano. A lo largo de diversos capítulos insuperables encontramos un ramillete de recomendaciones para un ejercicio justo y eficaz de las responsabilidades de gobierno. Partiendo de la imposibilidad de recoger en un breve espacio toda su riqueza de matices, nos limitamos aquí a extractar algunas de las ideas del extenso repertorio que podemos encontrar en el texto original:

1. Práctica de la virtud como envolvente de todas las actuaciones.

2. Subordinación a la sabiduría, conocimiento de uno mismo y rechazo de la vanagloria. Reconocimiento del origen y de la trayectoria personal, sin ningún tipo de imposturas.

3. Mantenimiento del equilibrio respecto a los vínculos familiares y evitación de los conflictos de intereses personales.

4. Respecto a las normas, aprobación solo de las realmente necesarias, preservación de su calidad y vigilancia de su cumplimiento efectivo.

5. Destierro de la arbitrariedad, con una justicia basada en hechos, por encima de la posición de riqueza o pobreza de las personas.

6. Búsqueda de la verdad más allá de las apariencias.

7. Ejercicio puro de la justicia, libre de sobornos y trabas, y prevención ante el cohecho.

8. Aplicación de sanciones con criterio equitativo.

9. Visibilidad de las autoridades.

10. Suficiencia económica para el ejercicio autónomo de los cargos.

En este breve repaso no pueden dejar de incorporarse algunas directrices fundamentales que don Quijote encomienda a Sancho después de haber recibido noticias de su buen hacer como administrador, concretamente la de ecuanimidad en el trato a los administrados y la de preocupación por las condiciones económicas de estos: «procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosas que fatiguen más el corazón de los pobres que la hambre y la carestía».

'Don Quijote de la Mancha' es, en definitiva, un texto que se presta a la búsqueda expresa de las claves de la filosofía del buen gobierno. Hay materia prima, a nuestro entender, para elaborar un valioso tratado. Sin embargo, una vez que nos adentramos en sus páginas, es harto difícil mantener la brújula científica sin quedar atrapados por los atributos literarios de tan incomparable novela.