Diario Sur

VOLTAJE

Un anuncio deprimente

Hace unos años, en un seminario universitario, unos publicistas nos dijeron que una de las cosas más sencillas de anunciar era la lotería, porque lo que vende es ilusión. En realidad, más que ilusión, la lotería lo que promete es dinero gratis, o por lo menos muy barato, y no por ello deja de ser uno de los negocios más rentables de la humanidad, sobre todo para el Estado, al que siempre le toca. La ilusión mueve millones, por eso durante todo el año nos bombardean con la posibilidad de ser millonarios y nos imaginamos ricos por un día. La propaganda lotera se ha esforzado mucho en innovar, desde una forma primitiva de marketing oral con La Rápida -que también ha quitado mucha hambre- hasta virguerías ejecutadas por enormes agencias publicitarias con los anuncios de los ciegos.

Así como el inicio sentimental del verano lo encabeza el posado en bikini de Ana Obregón, el anuncio de la lotería de Navidad vuelve a nuestras casas de una forma inevitable. Junto a la iluminación navideña, este spot es el pistoletazo definitivo a una época que con el paso de los años se convierte en un formidable coñazo, además del detonante perfecto de la ruina económica, emocional y estética que provocan las compras desesperadas y los atracones navideños perpetrados con la excusa de la temporada. Y eso por no hablar del espectáculo dantesco de los belenes vivientes.

Este año, la protagonista del anuncio de la lotería de Navidad es una pobre anciana de provincias que, catapultada por una evidente demencia senil, cree que le ha tocado la lotería, y todo su pueblo embargado por la crueldad le sigue la corriente para contemplar cómo da rienda suelta a sus emociones, en una especie de 'Good bye Lenin' a la castellana. La elección del pueblo no es en absoluto casual: qué mejor lugar que Villaviciosa para tratar los asuntos del azar y de sus posibles anomalías. Este anuncio pertenece a una categoría de anuncios con los que es imposible no llorar, precedida por aquel mítico '¿21 euros por un café?' que dejó al país paralizado. Al tercer visionado de este anuncio, lo que le embarga a uno no son las ganas de bajar a comprar un décimo, sino una profunda tristeza por esta señora cuando al día siguiente acabe con todas las reservas de chinchón al descubrir que no sólo no le ha tocado el Gordo, sino que además todo su pueblo, inclusive una familia que pasa de ella, le ha tomado por loca, siempre movidos por sentimientos tan poco loables como la pena o la compasión. El regusto es de una pesadumbre total, una tristeza expandida como un 1 de enero que cae en domingo. Por todos estos motivos el anuncio me ha parecido un completo desastre, un excelente tema de conversación y la implacable introducción a una Navidad espectacular, y esperemos que no tan deprimente como la historia de esta pobre señora.