Diario Sur

LA ROTONDA

Los héroes no gobiernan

«Quiero creer que esta vez va a salir todo bien». Pablo Ráez afronta estos días en Carlos Haya un nuevo trasplante de médula para tratar de poner fin a su leucemia. El joven marbellí que ha convertido en viral su lucha contra la enfermedad libra en las próximas semanas otra batalla crucial con el segundo trasplante. Un nuevo intento. Pero ese 'esta vez sí' encierra ya una victoria de Pablo: la de la esperanza. La que ha transmitido con sus mensajes a tantos que, como él, se asoman al abismo de esa enfermedad maldita.

Pablo ha logrado que los trazos de color que ha imprimido al nubarrón gris de su historia se hayan colado en la primera página de los diarios, en la agenda de una actualidad habitualmente fría. Su esperanza pertinaz ha irrumpido en esta geografía del hartazgo de los Trump, los comités federales, los 'no es no' y los gobiernos retardados para enseñarnos dónde está la vida, qué es lo importante y qué lo prescindible. Quizá porque, al cabo, estamos necesitados de héroes, que no gobiernan pero son de verdad.

Y es que si algo bueno ha traído tanta corruptela en los últimos años es que han dejado de deslumbrarnos los iluminados y los discursos solemnes. Hemos aprendido que los héroes no están tras una pancarta o pontificando desde un perfil de Twitter. Los genuinos, los que cambian este mundo, no gritan. Su voz es el silencio diario de su trabajo abnegado y constante.

Pablo se ha convertido quizá en un icono. Bendito icono para los que sufren. Pero afortunadamente, estamos rodeados de héroes. Están en los hospitales, esgrimiendo sonrisas frente al dolor. Están en las carreteras, velando a la intemperie y en madrugadas de hielo por nuestra seguridad. Y están a menudo junto a nosotros, ayudando a cruzar los semáforos, los metafóricos y los reales, a los ancianos y desvalidos. Haciendo fuertes a los frágiles.

Y habitan también en los hogares. En el esfuerzo casi siempre invisible de las familias; padres y madres que, desde su modestia, hacen auténtica ingeniería económica que ni los gurús de Harvard ni el MIT imaginarían, para proporcionar a los hijos una dignidad que el futuro se empeña en negarles.

Y, del mismo modo, están esos héroes en las escuelas, en los barrios, las asociaciones, el voluntariado... en ese universo del anonimato que, como una sala de máquinas, hace que este mundo no naufrague pese a tanto cretino y tanta sordidez en cubierta.

Por eso, la historia de Pablo, como la de esos otros ángeles terrenales, es la que necesitamos para seguir creyendo en nosotros mismos. Ellos, y sólo ellos, son los imprescindibles de la célebre cita de Bertolt Brecht.